Por: Adriana Zebadúa M.
Extraño las cartas, sí, esos pedazos de papel atiborrados de letras manuscritas, redactados a veces con premura, aderezados con algunas lágrimas entre línea y línea y deseos peregrinos, inalcanzables, intangibles. Añoro esa sensación de escozor en las manos y el alma al abrir (¡qué digo abrir…!¡Romper!) un sobre pulcro, blanco, prometedor. Extraño ese mundo perdido entre los velos de muselina del pasado, el silencio cómplice de una misiva amada, esa conversación asincrónica entre dos amantes que se vacían, se entregan, en un torrente de palabras que nunca se acaban y nunca bastan.
Porque no es lo mismo una carta cien veces doblada que estas líneas de hormiguitas uniformes sobre una pantalla ajena, fría, lejana. No es lo mismo leer y palpar una hoja de papel que desplazar mis ojos sin ton ni son por este artefacto del nuevo milenio que no me dice nada, no me habla, no me toca ni me alcanza el alma. Extraño escribirlas, recibirlas, romperlas, exprimirlas. Ya no tengo aquella caja cursi de tela guinda donde escondía las cartas, mis cartas, nuestras cartas. Desgastadas a fuerza de tanto ser leídas y releídas; amarillentas, húmedas de moho y llanto. No están. Me abandonaron. Las echo de menos tanto como sólo yo puedo saberlo.
¿Qué rompieron corazones? ¡Bah, eso ya qué importa! El que nunca haya roto un corazón o al que no le hayan roto el propio mediante una hoja de papel escrita con premeditación, alevosía y ventaja… ¡que arroje la primera carta! Pero digan lo que digan ¡Daba más gusto sufrir así! Soñar, languidecer, morir lentamente abrazado a una carta que podía ser nuestro todo y perdernos en La nada. Perderse en ella, asirse a ella y resurgir de nuestras cenizas a pesar de ella. Había belleza pura en ello, una carta de esas daba una pincelada de verdadero romanticismo (barato, si quieren, pero romanticismo al fin) a cualquier mujer postrada en cama cual «dama de las camelias» decimonónica. Lo admito. Suena ridículo, sin embargo era así, siempre así.
Por eso las extraño, las añoro, las anhelo más que nunca. Quiero volver a sentir cartas, muchas cartas entre mis manos temblorosas. Quiero que vuelvan a mí, que me hagan sentir ese hormigueo en la panza y en la piel entera cuando el silbato del cartero se dejaba escuchar dos cuadras antes de llegar al domicilio. Quiero volver a sentirlas mías, muy mías; sentir con ellas y gracias a ellas…Quiero volver a amar, a sufrir, a soñar, a esperar, a extrañar. Quiero que vuelvan a mí trayendo dentro de sobres níveos el amor de antaño…
