Archivo diario: 14/05/2013

La Retórica de lo Trivial LXXV

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Seamos sinceros. En sí, una boda no es tan diferente de un divorcio. Al principio, hay un juez. Dos personas – los contrayentes – son los héroes. Los testigos en un lugar de honor, padrinos y familiares acuden por igual. Algunos con alegría; con pesar, otros. Y luego la fiesta. El festejo. La conmemoración de una aventura que inicia.

Y, al final, hay un juez. Dos personas – el demandante y el demandado – son los antihéroes. Los abogados en un lugar de honor. Las familias toman partido. Algunos con alegría; con pesar, otros. Y luego, la fiesta. El festejo. La conmemoración de una aventura que acaba.

En una boda todo es glamour. Los detalles, esos en los uno pone tanto cuidado, tanto esmero, al casarse, son cambiados por los puntos y las comas, en su posición exacta dentro de las cláusulas de las peticiones, las exigencias y las concesiones a las que uno se somete cuando se divorcia. En una separación legal ya no existe el lustre de la noche de bodas. Pero están ahí el celo y la búsqueda de algo. Aunque no sepa, a ciencia cierta, qué es lo que se busca.

Dice la sabiduría popular (mi madre) que uno cree conocer a la persona con quien se casa, pero que uno solo la conoce en el momento en que se divorcia. Y, tristemente, es cierto. En el asunto ese de las separaciones legales, de las desvinculaciones materiales, así como en la política mundial, no hay amigos ni enemigos, solo intereses. Nada es personal, querida. Es simple conveniencia. Aunque nos resulte tan agradable como una coz de mula en el bajo vientre.

El escenario cambia. Los actores son los mismos, pero ya no son dos personas que se aman las que se enfrentan a un trámite legal. El amor ya no tiene cabida en la situación. Y los que una vez fueron aliados se convierten en antagonistas en una batalla. Algo así como una emulación a Hitler y a Stalin en la Segunda Guerra Mundial. Se acabó el romance.

Cuando uno se divorcia, por primera vez en toda la relación, se está frente a la verdadera naturaleza de la persona con la que uno se casó. Se muestra, en todo su esplendor. Cero caretas. Ojalá ambas partes pudieran ver esa faceta del otro antes de comprometerse a vivir juntos por la eternidad. Se ahorraría uno muchos sufrimientos, muchos centavos y sobre todo, muchas peleas internas. De conciencia. De recuerdo. De complacencia y de la falta de ella.

Si me preguntas, lector, lectora, cómo me siento hoy, justo en este momento -con la ganancia de un convenio mutuo de divorcio y de una resolución aprobada por el juez, y sin un porcentaje de mi dinero, sin casa, sin auto– podría contestarte de dos maneras diferentes. La negativa: “Me siento como cuando se termina el saldo en el crédito de tu tarjeta”. La positiva: “Me siento como un hombre nuevo. Como si hubiera renacido”.

Hace catorce años, cuando me casé, no estaba en mis planes divorciarme. No lo hubiera concebido jamás… Nadie que se casa lo hace. Pero los tiempos cambian. Las personas cambian… Las circunstancias y la vida… (Pero esas historias quedan pendientes – algún día las escribiré. Hoy no).

Hace catorce años comencé – comenzamos – una vida desde cero. Yo tenía 22 años. Hoy. Hoy tengo más experiencia. Más fuerza. Más motivación. Más ganas de aprender. Y, sobre todo, mucho más que enseñar. Hoy soy más yo. Y ¿saben qué es lo mejor? Sé que lo mejor está por venir.

Hubo algo que me sorprendió mucho; algo que me causó – ¿porqué no decirlo? – un gran placer. Platicando sobre el trance – amargo, lo confieso – por el que estoy pasando, alguien me dijo… “Wey, lee Heroísmo Agonizante”. Y entonces sonreí. Sigo con esa sonrisa en el rostro.

Amigos, amigas, eso es lo mejor de esta realidad. Que no estoy solo. Que están ustedes. Y está la vida. Lo demás (el dinero, la casa, el matrimonio, la historia), como todo en esta vida, quedará en el recuerdo. Mío o de alguien más. Y estará bien. Todo estará bien.

Veremos.

Post-scriptum: Dos consejos desinteresados y una pregunta interesada.

Se gasta mucho más dinero en un divorcio que en una boda. Si usted aún no se ha casado – no olvide hacer que los padrinos firmen una cláusula de escape. Quizá le resulte conveniente que, así como lo apoyarán para la boda, también lo hagan para el divorcio. Uno nunca sabe.

Si lo nombran padrino/madrina de bodas de alguien, corra. Tal vez sea lo mejor. No lo vayan a culpar (a posteriori) de no haberse dado cuenta de todos los defectos –ahora tan evidentes- de su ex.

Ahora… Si alguien recuerda quiénes fueron mis padrinos, favor de anotarlo en los comentarios. 

Categorías: Reflexiones | 10 comentarios

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