Reflexiones

Activismo activo.

“… un pequeño grupo de ciudadanos comprometidos puede cambiar el mundo”.

 

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Activismo activo.

Sabe usted, lector, lectora, ¿Cuánto dinero se gastó, se está gastando y se gastará con motivo de las elecciones presidenciales y sus repercusiones? La verdad es que no tengo la menor idea – ni creo que nadie sepa, porque aún con las leyes de transparencia esa cantidad es una incógnita mayúscula. Lo que sí puedo asegurar que es esa cantidad es una grosería para el erario nacional y para el bolsillo de la gente.

Me pregunto cuántas escuelas podrían ser equipadas con ese dinero. O cuántos niños sin recursos pudieran ser apoyados en diversos rubros.  Pienso que se podría hacer una gran cantidad de cosas benéficas para México.

Pero entonces me pregunto, “¿Qué puedo hacer yo para colaborar con mi país? Fuera de la política, fuera de frases huecas de campaña. Algo que esté realmente en mis manos”.

Creo que, para que funcionen, las cosas en esta nación deben hacerse bien desde un inicio y no ir arreglando y parchando los huecos que vienen desde la raíz. También creo que debemos de dejar de “soñar” con que el gobierno va a hacer todo por sus ciudadanos. Las cosas, para que funcionen, deben realizarlas los propios ciudadanos – la ciudadanía es la base de la democracia. No importa qué partido político (o qué dirigente) se encuentre al frente del país, si los mexicanos no llevan a cabo su papel, entonces, tristemente, estamos condenados, todos, al fracaso como proyecto de nación. A veces lo único que se necesita es vigilar que los recursos del presupuesto se asignen y se ejerzan de manera responsable.

Como un ejemplo, permítame hacer un breve resumen histórico: En 1961, Portugal se encontraba dirigido por una dictadura militar. Dos estudiantes realizaron, en público, un brindis por la libertad. Fueron detenidos y pasaron siete años en prisión. Un abogado inglés, Peter Benenson, al saber de esta situación, escribió una carta a un periódico, con el fin de solicitar apoyo para los jóvenes. La respuesta fue tan grande, que se tuvo que formar un comité para organizar la campaña. De pronto, se convirtió en un movimiento mundial. Hoy lo conocemos como AMNISTÍA INTERNACIONAL.

Siempre he insistido – ante quien quiera escucharme – que el trabajo en equipo es vital para el crecimiento de este país. Cuando varias personas se unen, podemos identificar la gran variedad de potencial humano y, de pronto, se observa que cada hombre y cada mujer cuentan con características únicas – sus propias fortalezas – que hacen que su contribución sea especial.

Por lo tanto quisiera, lector, lectora, amigos, invitarlos. No. Invitarlos no. Quisiera desafiarlos. ¿Qué les parece si comenzamos a producir una energía positiva en nuestro país? A formar parte de un activismo activo. No simplemente conectarse a la red y exigir un mundo mejor, exigir un salario más digno, exigir menos violencia. Les ofrezco una oportunidad única. Quizá desconocida pero que, le garantizo, será de provecho tanto para usted como para el país.

Más allá de una bandera política, o de una convicción religiosa, o de un interés monetario. Los reto a buscar una causa que les interese y unirse a ella como voluntarios y voluntarias. Si ya lo haces, comparte tu causa con nosotros. Podemos ayudarte.

O podemos ir más allá.  Podemos crear una organización que busque apoyar una causa. Nosotros. Tú y yo. Y tú. Y tú también… ¿Te suena increíble? ¿Parece imposible? Tal vez lo sea, pero entonces será más divertido. Más satisfactorio. ¿Qué te parece?

No importa tu profesión, tu fe, ni tus preferencias sexuales. No importa tu edad, tu género, tu estado civil. No importa el lugar donde vives, ni tu posición económica. Lo que en realidad importa es que TODOS TENEMOS LA OPORTUNIDAD DE TRABAJAR PARA MÉXICO. De forma voluntaria. De divertirnos en el proceso, de aprender, de crecer como personas y como comunidad, sociedad y nación. Invita a tus amigos y a tus familiares. TODOS PODEMOS HACER ALGO.

Hay una frase, que ha sido atribuida a la antropóloga Margaret Mead que ejemplifica esto de manera ideal: Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos comprometidos puede cambiar el mundo. De hecho, es la única cosa que lo ha logrado”.

¿Qué dices? ¿Estás con México?

No cerraré con el clásico “Veremos”. Pienso que hoy queda mejor un “Haremos”.

Me gustaría leer sus ideas, sus opiniones y sus convicciones para hacer de este país un mejor lugar. Por favor, usen el espacio de “Comentarios” o escriban en las redes sociales de este blog. #QueremosSaber. 

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“Mis fortalezas”. Día 31. #RetoMar2018

 “La línea que separa al héroe del necio es muy delgada.”

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Dicen que cuando uno comienza algo y se mantiene haciéndolo durante treinta días, el cerebro se “reconecta”. Esa es la esencia de los “Retos de 30 días” (lean el texto; está bueno). Y como la letra sin obra no sirve, me he dado a la tarea de cumplir, por un mes, esos retos personales que siempre quise hacer.

El reto de 30 días para marzo de 2018 está enfocado en las fortalezas que uno posee y durante este mes hemos hablado sobre hacer una lista de fortalezas y nos cuestionamos sobre el modo en que las aprovechamos, escribimos sobre porqué es más fácil ver nuestras debilidades que nuestras fortalezas, enlistamos algunas maneras para identificarlas, dimos algunos consejos para aprovecharlas y realizamos una declaración para ser aún mejores en lo que somos buenos.

Ayer alguien me dijo que deberían levantarme un monumento por hacer algo que me gusta, algo en lo que soy bueno (al menos esa es mi opinión). Me pregunto si en verdad merezco una recompensa por hacer algo en lo que soy bueno.

Llevo justo la mitad de mi vida haciendo cosas que merecerían, al menos, una medalla… Jamás me la han dado. No la quiero. No la necesito. Me gusta lo que hago. Y aunque me pagan por hacerlo, lo haría gratis (no le digan a mi jefe, por favor).

Creo firmemente que cuando alguien te ofrezca erigir un monumento en tu honor por tus acciones uno siempre debe tener en mente que la mayoría de las cosas que se hacen son por elección personal, pero que algunas de las elecciones que uno toma no fueron por valor, sino por pura terquedad. O por necesidad.

No quiero monumentos. No quiero homenajes. No quiero medallas. Solamente quiero seguir haciendo esas cosas que me llenan y me convierten en una persona plena. Y quizá sea necio, pero sigo vivo. Quizás no sea perfecto, pero continúo aprendiendo. Tal vez no sea el mejor, pero sigo en camino. Paso a paso.

No quiero monumentos, ni medallas. No me quedan. Porque algunas medallas no se obtienen por heroísmo. A veces, el héroe fue el único que no pudo correr para ponerse a salvo. Y es que la línea que separa al héroe del idiota es muy delgada.

Hoy quiero ser feliz con lo que tengo. Y esa es mi decisión. No puedo permitir que alguien la modifique sin consultarme. Tal vez sea sólo un necio más. No me importa.

Que el mejor homenaje sea un epitafio digno a una edad avanzada. No pido más.

 

Veremos.

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Texto y fotografía por Rogelio Rivera Melo

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“Mis fortalezas”. Día 29. #RetoMar2018

 “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”.

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Dicen que cuando uno comienza algo y se mantiene haciéndolo durante treinta días, el cerebro se “reconecta”. Esa es la esencia de los “Retos de 30 días” (lean el texto; está bueno). Y como la letra sin obra no sirve, me he dado a la tarea de cumplir, por un mes, esos retos personales que siempre quise hacer.

El reto de 30 días para marzo de 2018 está enfocado en las fortalezas que uno posee y durante este mes hemos hablado sobre hacer una lista de fortalezas y nos cuestionamos sobre el modo en que las aprovechamos, escribimos sobre porqué es más fácil ver nuestras debilidades que nuestras fortalezas, enlistamos algunas maneras para identificarlas y dimos algunos consejos para aprovecharlas

 

Después de todo lo anterior, el siguiente texto – inevitablemente – es una declaración:

Aquí estoy. Vivo haciendo un trabajo que me gusta, pero que no me apasiona. Pero estoy convencido de que uno puede llevar su pasión – esas cosas para las que uno es bueno – a un nivel tal que lo que uno haga parezca magia. Así que antes de terminar este reto de 30 días me comprometo a elevar mis estándares de trabajo hasta el punto en que yo mismo me asombre de las cosas que hago. Me comprometo a abandonar los lugares comunes, a dejar de hacer lo mismo siempre, a expandir mis horizontes, a hacer a un lado mi comodidad en aras de encontrar mi felicidad. Sé que no va a ser sencillo, pero creo firmemente que una existencia sin desafíos no es una vida plena. Que la magia fluya. Y que llegue hasta donde tenga que llegar.  

Y como las palabras – por más bonitas que sean – sin hechos no son más que letras, tomé las decisiones necesarias para salir de esa hermosa zona gris que nos llena de “satisfacción” y “alegría”. Antes de terminar este reto de 30 días, taché el punto 50 (y el 62) de mi lista de 100 cosas que hacer antes de morir. A veces hay que prender fuego a la vida y dejar que lo superfluo se consuma para no consumirse uno, a veces hay que dejar de hacer lo mismo para obtener diferentes resultados.

Lector, lectora, a veces nos da miedo fluir y hacer esas cosas para las que somos buenos. Pero si no es uno, ¿quién? y si no es hoy, ¿cuándo?

Yo ya empecé. ¿Y tú?

Veremos.

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Texto y fotografía por Rogelio Rivera Melo

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“¿Y tú en qué crees?”

 ¿Qué contesta uno cuando le preguntan “En qué crees”?

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Por azares del destino, al iniciar la semana, fui a dar con mis huesos a la Basílica de Guadalupe. Fue la segunda visita a ese lugar en toda mi vida. Me maravillé con la arquitectura y la gran magnitud del lugar, y me encontré con una de las tiendas de artículos religiosos más grandes que haya visto en mi vida.

“Aquí puedes comprar tus relicarios o tus escapularios, me dijo, entre risas, mi duende de cabecera. Salí sin comprar nada. Pero la experiencia me recordó la vez que, durante una entrevista de trabajo, me preguntaron si era católico. No. No fue pregunta, más bien fue aseveración. Y mi respuesta fue (y sigue siendo) no. “Cristiano, entonces”. “No. Tampoco“. El entrevistador entornó los ojos y pude mirar cómo sufría para hacer la siguiente pregunta. “¿Musulmán?“.

Los mexicanos estamos muy acostumbrados a dar por hecho cosas y no tendría que ser así.  “No. Musulmán tampoco“.

Y entonces ¿en qué crees?“. Y ahí fue cómo entramos en la parte metafísica, filosófica y religiosa de la entrevista. La verdad es que fue una pregunta difícil, pero inteligente.

Sé que este texto caerá dentro de la categoría de “lectura no aprobada por la Curia, los pastores, los rabinos, los mulás o los seguidores del New Age antropocéntrico”, pero apelaré al amplio criterio de todo aquel que lea mi blog y trataré de contestar la pregunta.

¿En qué creo?

Una prerrogativa de vivir en México es que es un país en el que las creencias pueden ser tan eclécticas como dispersas. Hay gente que cree en los ángeles, pero que tiene su altarcito para Juan Soldado, la Santa Muerte, el Santo Niño de Atocha y los GI Joe.  Somos un país de fieles bien católicos pero muy infieles en lo que se refiere a las creencias. Aquí  también son bienvenidas las manitas de Fátima, los gatitos Maneki Neko, el feng shui y la lectura del Tarot. Y San Juditas comparte lecho con la Santería, los yorubas y los alushes.

Por lo anterior, he creído en muchas cosas durante mi vida. Es más podría hacer una lista de varias cosas en las que he creído, pero sólo les diré algunas y eso para no dejarlos sumidos en la oscuridad de mi propia oscuridad: creí en los Reyes Magos, estudié en una escuela guadalupana a las faldas del cerro del Tepeyac, por eso creí en la Virgencita (¿acaso no estoy yo aquí que soy tu madre?). Creí en mis padres. Creí en mis hijos. Creí en un matrimonio para toda la vida. Creí en la felicidad que te puede dar el dinero. Creí en la estabilidad de un trabajo estable.

Conforme uno va creciendo, las creencias van evolucionando. Creí en el sexo por amor. En el amor de toda la vida. En las oportunidades que el estudio te daría. Creí en el Instituto Federal Electoral, en las promesas de los políticos, en mis jefes, en mi país.

Creo que esa respuesta no era la que buscaba el entrevistador. Él se refería al tema espiritual, más enfocado a lo etéreo que te debería mantener anclado a una realidad que no existe. Y lo que está escrito en los párrafos anteriores es una declaración del pasado. Creí en el pasado. Y la pregunta está en presente: “¿En qué crees?

No creo que el error estuviera en la falta de astucia lingüistica de mi interlocutor. Hubiera bastado un “¿Qué religión profesa usted?” Pero su “¿en qué crees?” era una invitación a toda una disertación filosófica como las que, de pronto, vienen a mi mente a la hora del desayuno. Me contuve y me las arreglé para contestar: “Creo en una fuerza superior – llámela como usted quiera“. Asentimiento por su parte, sonrisa diplomática por la mía. “Ah. Y también creo en mi… a veces“. Se borró su sonrisa. Y apareció la mía.

Aquella vez no conseguí el trabajo. Ahí fue cuando se borró mi sonrisa.

Quizá las cosas habrían fluido mejor si hubiera recitado todo lo que aprendí en aquellos años mozos: “Creo en Dios Todopoderoso, Creador del Cielo y la Tierra…” Lo que se aprende bien, jamás se olvida.

Creí que la sinceridad era la llave a la felicidad. No.

Hoy creo. Creo que sí llegamos a la Luna, y que volveremos a ella. Creo que el amor es una decisión y sobre todo, creo que los ateos se acaban cuando los malandros se suben a asaltar al camión, pero que le rezan a todos los santos cuando tapan el excusado en casa ajena. En eso creo. Y ya es algo.

Pero también creo que podemos ser tan felices como queramos. Y creo firmemente que la mejor religión es la de un buen corazón. Lo demás es lo de menos.

¿Tú en qué crees?

Veremos.

Epílogo: Si usted, lector, lectora, cree que el texto anterior ofende a sus creencias religiosas, no sea chillón. Debió haber leído el borrador no editado para ser políticamente correcto.

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Texto y fotografía por Rogelio Rivera Melo

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