Historias Verdaderas

Zaragoza, el 5 de Mayo y el #NoEraPenal

“Las armas nacionales se han cubierto de gloria…” pero sólo por un ratito.

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Zaragoza antes de morir de tifoidea. (Foto: Biblioteca del Congreso de E.U.A.)

En la escuela nos enseñan que la batalla de Puebla, esa del 5 de mayo de 1862, es uno de los hechos de guerra más importantes en la historia mexicana. Incluso nos cuentan con fervor patriótico – así como en historia tipo Disney – las palabras con las que el general Ignacio Zaragoza Seguin arengó a la tropa antes de que se enfrentaran a los franceses: “Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México” (los galos llevaban cincuenta años invictos en las batallas en las que participaban). Pero la verdad es que, en general, pocas veces nos explican el contexto histórico de la batalla de Puebla. 

Y es ese contexto en el que mucho de lo que hoy es México se encuentra cimentado:  Desde 1827, los mexicanos no podían (pueden) ponerse de acuerdo sobre el destino político de la nación.

Esta indecisión había llevado al país a una serie de peripecias históricas, incluyendo guerras internas entre caudillos, una dictadura y la pérdida de la mitad del territorio, una guerra contra Tejasotra contra los Estados Unidos y varios “desacuerdos” entre los partidos “Liberal” y “Conservador”.

En 1855 (y hasta 1861) los presidentes liberales comenzaron a dictar leyes que a los conservadores no les parecian adecuadas: separar a la Iglesia del Estado, por ejemplo. Esta situación de falta de empatía política llegó a tal grado que en 1857, los conservadores se levantan en armas y comenzar la llamada Guerra de Reforma (o “Guerra de los Tres Años”, porque duró, sí, tres años).

A los liberales les costó mucho esfuerzo – casi pierden, de hecho – y dinero – ese sí lo perdieron – ganar la guerra. Tanto que en 1861, el presidente Juárez decide que la deuda que tenía México con Francia, España e Inglaterra se dejaría de pagar (pero sólo por un ratito). Obvio es que a los acreedores no les hizo gracia la declaración del presidente mexicano.

Si nos ponemos puristas, ese 5 de mayo, los franceses llegaron hasta las faldas del cerro Acueyametepec por una razón simple, pero muy poderosa: México le debía dinero a Francia.

En ese momento histórico, Francia tenía bastante influencia en los asuntos del mundo – ya saben, consecuencias de Napoleón y su imperio – así que vio una oportunidad de irrumpir en América – y poner un freno a la Doctrina Monroe de los estadounidenses. Así que, “¿por qué no?”, dijo don Napoleón III.  El emperador envió a México al Conde de Lorencez quien llegó a costas veracruzanas en enero de 1861.

Los estadounidenses jamás habrían permitido una invasión europea en el patio trasero de su país, pero en ese momento también tenían “sus pequeñas diferencias internas” entre los estados esclavistas y los estados abolicionistas. Diferencias que iban a causar una guerra civil que duró hasta 1865 y que facilitaron la intervención francesa en México.

Y entonces así llegamos, el 5 de mayo de 1862, a los pies de los fuertes de Loreto y Guadalupe. Los conservadores mexicanos apoyaron en todo momento a los invasores franceses, pero los liberales de Juárez opusieron resistencia – con mucha enjundia pero pocos recursos.

Aún con las carencias del gobierno, el Ministro de Guerra Ignacio Zaragoza (ayudado muchísimo por el genio táctico del general brigadier Porfirio Díaz y las tropas locales del general Miguel Negrete) hizo que el ejército de ocupación francés (sorpresivamente) se replegara, hasta Córdoba, Veracruz. “Las armas nacionales se han cubierto de gloria”, escribió el texano (sí, Zaragoza era de Tejas) en el parte de batalla que rindió al presidente Juárez.

 

Mi madre siempre ha dicho que uno de los principales defectos de los mexicanos es que no sabemos consolidar nuestros triunfos: comenzamos la carrera con trote de caballo, pero, antes de llegar a la meta, nos enfrenamos como burro. Y cuando el burro mexicano se echa, no hay quien pueda levantarlo. Justo eso le pasó a Zaragoza. Después de la batalla del 5 de mayo, don Ignacio se echó. Le dio una tifoidea – quizá por comer una cemita con pápalo mal lavado – y murió en septiembre de 1862.

O sea que el 5 de mayo se ganó la batalla pero no la guerra. Otra vez casi ganamos. #NoEraPenal.

Sí. Las armas nacionales se cubrieron de gloria, pero sólo por un ratito. Las fuerzas mexicanas derrotaron a los franceses el 5 de mayo de 1862, pero en marzo del siguiente año, los franceses volvieron a marchar sobre Puebla, tomaron la ciudad (con algo de ayuda de los poblanos) y siguieron su avance hasta la capital, que fue tomada el 7 de julio de 1863. Para evitar ser capturado, el gobierno de Juárez huía con las leyes de la República a San Luis Potosí, bajo la escolta del general Porfirio Díaz.

Benito Juárez regresaría a la Ciudad de México hasta julio de 1867, después de haber luchado en contra del Imperio Mexicano de Maximiliano de Habsburgo.  El archiduque austriaco fue sentenciado a muerte y fusilado en Querétaro por el gobierno juarista en junio de ese año.

Por lo tanto, lector, lectora, la batalla de Puebla – la del 5 de mayo (hubo tres) – no fue decisiva para maldita la cosa, excepto para que los estadounidenses se pongan sombreritos charros, hagan memes ridículos y beban tequila como si no hubiera un 6 de mayo, pensando que es el día de la independencia de México. No lo hagan, amigos de los Estados Unidos.

Pero la conmemoración del 5 de mayo me deja dos lecciones bien importantes:

  1. Jamás se debe subestimar al enemigo. Siempre se puede perder (sorpresivamente) en contra del “contrincante que no tiene oportunidad”.
  2. Si comes cemitas en Puebla, siempre exige que laven bien el pápalo.

Si ustedes aprendieron algo más, me gustaría saber.

Mientras tanto, veremos.

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Categorías: 2018, Geopolítica, Historia, Historia Militar, Historias Verdaderas, México, Retórica de lo Trivial | 1 comentario

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