La Retórica de lo Trivial LXXIV

Ayer, 7 de mayo de 2013, al abordar el autobús que me lleva a mi trabajo, escuché por la radio las impresionantes noticias de una explosión en uno de los suburbios de la ciudad de México.

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Un camión cisterna, relleno con cuarenta mil litros de gas LP, perdió el control en una de las vías más transitadas del valle de México – justo en una zona altamente habitada. El impacto ocasionó una explosión, el choque con otros vehículos y, finalmente, el incendio de varias casas. Todo esto a las 5:20 de la mañana.

Lo más impactante, para muchos, es que murió gente en su cama. Sin siquiera haber despertado aún.

El siguiente texto es una reflexión posterior a este evento. Aunque escribo para mi, lo comparto con ustedes.

¿Cuántas veces – durante el transcurso de nuestra vida – decimos a la persona que amamos «Cuídate»? ¿Cuántas veces la escuchamos de nuestros seres queridos? Cuando salimos a la calle, cuando nos despedimos por las mañanas, cuando nos dejan en la casa. Pero, ¿en realidad sirve de algo?

Nuestros mejores deseos son esos: «Que nada te pase», «Regresa con bien». Obviamente, es lo que se quiere: que nada le pase a quien uno ama. Todos queremos vivir. Y en gran parte, hacemos pensamos lógicamente, de acuerdo a lo que nos gusta, en que nada nos pasará.

Y uno puede intentar cuidarse toda la vida. Incluso vivir sin salir de casa. Buscando engañar a un enemigo invisible que siempre nos acecha. Pero si somos realistas, la muerte es un enemigo al que nunca venceremos. NADIE. Actuar como ermitaño no nos libera de ese fin que, sabemos, llegará un día. De ese miedo irracional a la muerte.

Eso me remite a algo que leí una vez, una cita de Thomas J. Jackson, general de un país que nunca existió realmente. Cuando uno de sus subalternos le preguntó cómo no le daba miedo cabalgar dirigiendo a sus tropas, sin protección alguna, frente al fuego enemigo, Jackson le contestó:

«Capitán, mis creencias (religiosas) me enseñan a sentirme tan seguro en el frente de batalla como en mi cama. Dios ha establecido el tiempo de mi muerte. No me preocupa el morir, sino estar siempre listo para la muerte, sin importar en donde me sorprenda. Capitán, esa es la manera en que todos los hombres deberían vivir. Entonces todos seríamos valientes.»

Uno no escoge el momento de su muerte. Quizá sea el destino, quizá sea el poder superior, quizá sean las circunstancias. Pero debemos estar seguros que nos alcanzará. De algún modo: violento, pacífico, sensato o retorcido. He visto casos de hombres que intentan volarse la cabeza con un rifle de asalto y, aunque se destrozan el cráneo, no mueren. También me ha tocado «rescatar» cádaveres de personas que murieron mientras dormían plácidamente. Sin razón o causa aparente.

Los antiguos samurais, en su código Bushido, decían que el camino del samurai se encuentra en la muerte. «Cuando se trata de aceptar la muerte, hay que hacer una elección rápida. No es algo particularmente difícil. Hay que ser valiente y avanzar.» En «Hagakure» (el Camino del Guerrero), se puede leer «Si … todas las mañanas y por la noche, uno es capaz de vivir como si su cuerpo ya estuviera muerto, seguirá el Camino en libertad, sin dolor. Toda su vida será sin culpa, y se tendrá éxito…«

En mi profesión tenemos un dicho… «Hoy es un buen día para morir, y el día aún no ha terminado«. Filosofía samurai, quizá. No lo sé. Pero bajo una lupa meramente práctica, lo único que nos podría detener – evitar que hagamos algo – es la muerte. Y todos los días podemos morir. Así que elegimos vivir.

Creo que, al aceptar que la muerte está aquí, junto a nosotros, esperando que se consuma el reloj de nuestro tiempo en este plano, ella pierde todo poder que tiene sobre nosotros.

Debemos disfrutar de esta vida y sus momentos agridulces. Del amor, del dolor, de la amistad, de las sensaciones. Si aceptaramos que cada día que pasa es un día más que convivimos con la muerte – cercana siempre – viviríamos sin miedos. ¿Qué me puede hacer alguien si ya estoy muerto?

Que los muertos descansen. Que los vivos disfruten. Que la vida continúe.

Veremos.

Categorías: Certezas de la Vida, Historias Reales, Muerte, Reflexiones, Retórica de lo Trivial | 2 comentarios

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2 pensamientos en “La Retórica de lo Trivial LXXIV

  1. Buena reflexión sobre la muerte.

    Por otra parte, al comenzar a escribir y por la tendencia que tienes en otros escritos, muy críticos diría yo, me adelante pensando que hablarías sobre las medidas de seguridad en las carreteras o sobre las políticas de asentamientos humanos, que creo que son aspectos muy importantes a discutir antes de publicar en los periódicos «luto en Ecatepec».

    Podría seguir pero tal vez vivimos en una sociedad poco crítica que no se detiene en pensar en ese tipo de situaciones. ¿Qué merecemos como ciudadanos que somos? Ojalá pudieras retomar alguno de estos temas.

    Saludos

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    • Ernesto. Gracias por comentar. Eso de las medidas de seguridad en las carreteras – e incluso en las calles – es una buena recomendación para escribir algo sobre el tema. ¿A poco existen políticas de asentamientos humanos en este país? Las buscaré. Saludos.

      Me gusta

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