Archivo mensual: abril 2012

¡¡¡Mamá… encontramos un león!!!

La Retórica de lo Trivial XX. Por Rogelio Rivera Melo

Dead lion

 ¡¡¡Mamá, mamá… encontramos un león!!! 

Cuando los primos llegamos, emocionados por semejante hallazgo, con nuestros padres, los adultos rieron. No sé porqué no nos creyeron. ¿No dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad?

“Chapultepec” se llama el parque urbano más grande de la Ciudad de México – creo que de América Latina.  En sus ochocientas hectáreas cuenta con cañadas naturales, lagos artificiales, un castillo-fortaleza, áreas arboladas, restaurantes, tres o cuatro museos, cientos de fuentes, un parque de diversiones y un zoológico, así como mucha gente que se reúne cada fin de semana para festejar fiestas, hacer deporte, pasear y llevar a cabo un sinfín de actividades recreativas.

Cuando tenía como 8 años, uno de mis tíos – hermano de mi madre – era el gerente de un restaurante ubicado en la tercera sección de Chapultepec – la más apartada y solitaria de todas. Cada fin de semana, la familia entera se reunía en el lugar. Era un paraíso para todos los niños – primos y hermanos. Nuestro lugar de aventuras y andanzas. Los muchachitos podíamos desaparecer por horas (en un tiempo donde no había celulares) y adentrarnos en el Club Hípico a observar los caballos, o desplazarnos hasta las zonas de juegos más solitarias del parque. Recuerdo que nos acompañaba “La Jerry”, una perra amarilla que nos adoptó y que nos protegía de todos los peligros que podríamos encontrar en nuestras correrías.

Un día, como cada fin de semana, los primos decidimos ir a la barranca que se encuentra debajo de lo que en esa época era el parque acuático “Atlántis”. Alguien, no recuerdo quien, nos dijo que ahí, en lo profundo de la hondonada, vivía un león. Y acordamos corroborarlo.

Pantalones de mezclilla, zapatos tenis y playeras. Llevábamos una bolsa con papas fritas y refrescos (en ese entonces las compañías de frituras no llenaban de aire las bolsas y las refresqueras hacían los envases de cristal grueso, nada de plástico o lata) ese era todo nuestro equipaje. Diego, Roxana, Gabriela, y yo, el mayor. Ah. Y la inseparable Jerry.

Iniciamos el trayecto del restaurante a la barranca. Lo emocionante era atravesar el bosque. Teníamos prohibido hablar con extraños (la regla más importante que nos imponían los adultos). Siempre debíamos permanecer el grupo (regla número dos). Tras una hora de camino, llegamos al lugar. Descendimos al fondo de la barranca, decididos a comprobar si en realidad vivía un león ahí. Y si. Había uno.

Ahí estaba. No muy grande, de hecho, parecía un perro grande. Al fondo de la barranca había un túnel en el que remataba una pared alta, como una represa. Y en la boca del túnel vimos al león. Muerto. Ya tenía una gruesa capa de moscas y estaba con la panza hinchada por la putrefacción. Y olía. A león muerto.

Diego y yo nos acercamos. Aguantamos el hedor. Las niñas no lo soportaron. Ni de lejos. Jerry se acercó, ladrando, husmeando, pero siempre junto a nosotros. Con un palo largo lo tocamos. Vimos su melena y sus dientes. Las garras poderosas. La piel brillante por la podredumbre. Aunque nunca había visto más león que Clarence, el bizco de Daktari, uno los reconoce cuando los ve. Si, era un león.

No tengo idea de cómo llegó ahí. Hoy pienso que quizá era la mascota de algún rico. Que quizá lo arrojaron a la cañada cuando el animal murió. No lo sé. Será un misterio que perdure.

Regresamos apresurados, con la emoción de haber vivido una aventura épica, a contarla a mi madre y a los tíos. Cuando lo dijimos, los adultos se rieron. Y no nos creyeron. Lo que para nosotros fue un safari de cacería, para ellos fue la invención de un grupo de niños.

Hoy recuerdo esa experiencia como una de las más grandes vivencias de mi niñez. Una de las ventajas de ser niño es no medir las consecuencias, ni la magnitud de las cosas. Si hoy, mis hijos me dijeran que van a ir a la tienda de la calle a comprar dulces (ya no diga uno “vamos a buscar un león”), yo lo pensaría seriamente. “Los tiempos cambian”, dicen los adultos.

Así que, usted que hoy me lee, si algún día, un niño le cuenta una aventura aparentemente increíble – de esas que solo pasan en las películas – píenselo dos veces.

¿En realidad tenemos que aprender a ver el mundo con los ojos de un niño? Pienso que no es necesario. Ya alguna vez lo hicimos, solo es cuestión de recordar.

Veremos.

Categorías: Amigos, Chapultepec, Historias Verdaderas, Niños, Reflexiones, Viajes | 6 comentarios

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