Entre el Paciente Cero y Charlie Sheen.

Con pelos y señales. Por Rocío Sánchez.

El primer día de diciembre es el Día Internacional de la lucha contra el VIH/SIDA.  Muchas vidas, grandes cantidades de energía y no pocas corduras se han quedado en el trayecto de la lucha contra la enfermedad. ¿Cuánto hemos avanzado en realidad durante treinta años? Podrá ser mucho, pero es nada si no entendemos  que el VIH es una probabilidad latente y que la única diferencia la hace un condón.

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Charlie Sheen.

Entre el Paciente Cero y Charlie Sheen.

Las historias truculentas venden. Durante muchos años se culpó al canadiense Gaëtan Dugas de haber diseminado el virus de inmunodeficiencia humana (VIH), pues era abiertamente homosexual y trabajaba como sobrecargo, empleo que le permitió visitar muchas ciudades del mundo y así mantener diversos encuentros sexuales.

A Gaëtan se le llamó “paciente cero” porque fue el primero identificado con el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida), que a partir de 1980 comenzó a causar la muerte de hombres jóvenes en ciudades estadounidenses con una numerosa comunidad gay. Hoy, a tres décadas de distancia, se ha investigado más y la teoría es que el verdadero primer caso de sida pudo haber sucedido en los años cincuenta, en Kinshasa, capital de la República del Congo.

San Francisco fue una de las ciudades donde la epidemia golpeó primero. Para 1983, según algunos recuentos históricos de organizaciones civiles, la gente hablaba a la policía para que interviniera en casos de “pacientes sospechosos de sida”, llamado al que los oficiales acudían usando guantes y mascarillas. En ese momento todavía se desconocía la forma en que se transmitía la infección, por lo que la gente tenía pánico de acercarse a los afectados.

Aun así, hubo quienes formaron parte de un movimiento de compasión, solidaridad y cuidado pocas veces visto –o al menos, documentado– frente a una enfermedad en la historia reciente. La mayoría de quienes estaban infectados eran homosexuales, lo que los hacía personas ya de por sí segregadas no sólo de la sociedad, sino de sus propios núcleos familiares, por lo que debieron ser cuidados por sus amigos –esa familia que se escoge– hasta su muerte, que en los inicios no demoraba más de unos pocos meses en llegar.

Un monumento a ese esfuerzo humano de amor y misericordia es el Memorial Nacional del Sida, ubicado en el Parque Golden Gate, en San Francisco. Es un espacio dedicado a recordar a quienes murieron víctimas de una enfermedad que durante sus primeros 15 años acabó con la vida de cientos de miles de personas en esa ciudad. Quienes lograron sobrevivir a esa etapa de pesadilla acuden aquí a recordar a sus amigos, a sus antiguos amores o a sus colegas, cuyos nombres están inscritos en el piso y en numerosas rocas alrededor del santuario.

Hasta ese rincón de melancolía, pero también de paz y esperanza, me llevó un enriquecedor viaje, que justo coincidió con el anuncio del actor Charlie Sheen de que es portador del VIH. Al tiempo que yo conocía el lugar y leía las dedicatorias a todos esos que fueron arrancados de la vida en sus veinte o treinta de edad, me enteraba de que un periódico mexicano titulaba la nota sobre el actor hollywoodense: “Trae veneno en el pizarrín”.

¿Les digo la verdad? Lloré. No por la elemental vulgaridad de la frase, sino porque me di cuenta de que, en más de treinta años, es muy poco lo que hemos avanzado. ¿Qué diferencia hay entre este encabezado y los que se publicaban en los ochenta? Muchas vidas, grandes cantidades de energía y no pocas corduras se han quedado en el trayecto de la lucha contra el VIH/sida como para que, ante una declaración de este tipo, haya reacciones tan bajas.

Me pregunté si algún día vamos a entender que el VIH es una probabilidad latente y que la única diferencia la hace un condón. Porque la figura de Sheen puede ser muy polémica (adicciones, sexo con muchas parejas), pero el elemento principal en la discusión debería ser la necesidad de usar preservativo en cada relación sexual.

Este caso da pie para analizar decenas de aspectos de la discusión. Por ejemplo:

  • Por qué Jenny McCarthy, actriz que trabajó con Sheen durante dos años en el programa Two and a Half Men, está indignada porque aquél no le reveló su estatus y se siente en peligro por haber tenido que besarlo en escena, cuando ya todos deberíamos saber que ni la saliva ni las lágrimas ni la orina ni el sudor pueden transmitir el virus a otra persona.
  • Por qué Bree Olson, una ex pareja del actor, se limitó a preguntarle si tenía alguna infección y a confiar en la respuesta negativa, cuando debió haber usado condón en todos sus encuentros sexuales o, al menos, hacerse (ella) pruebas de detección cada cada año (o cada seis meses, si estaba al tanto de que Sheen tenía otras parejas sexuales).
  • Por qué la marca de automóviles Fiat canceló la publicidad en la que aparecía la estrella de televisión, después de revelarse su seropositividad. Si lo contrataron inicialmente a pesar de su comportamiento “desordenado”, significa que el único motivo para discriminarlo es que tiene VIH.
  • Por qué los medios de comunicación siguen usando “VIH” y “sida” indistintamente en sus encabezados, como si el virus y el síndrome fueran la misma cosa.

Hoy, 1 de diciembre, se conmemora el Día Mundial de Lucha contra el Sida.

Comparados con la población general, somos muy pocos los que hemos tenido la oportunidad de ver de cerca la ardua batalla que se ha librado contra esta epidemia. Quizás por eso no todos estamos conscientes de la gravedad de la situación. Las cosas en este país, y en nuestro hemisferio entero, no son tan dramáticas como en África, pero tampoco están como para echar las campanas al vuelo.

Espero, de verdad, que esta fecha sea un momento de aprendizaje porque nos faltan muchos, muchos mitos por derrumbar.

****

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Categorías: Con pelos y señales, Día Internacional, Divulgación, Epidemia, Internacional, Leyendas Sexuales, Retórica de lo Trivial, Rocío Sánchez, Salud Sexual, VIH/SIDA | Etiquetas: , , , | Deja un comentario

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