Archivo diario: 07/12/2015

Gracias, Club América.

Por Rogelio Rivera Melo.

El domingo por la tarde me vi enfrentado a un dilema de esos que sólo pueden suceder en un país donde el fútbol es más importante que muchas cosas. Pero me sirvió de lección.

logo club america

A las 3:30, después de un par de horas haciendo la tarea, alguien declara que está hambriento.

En domingo familiar, la pregunta “¿Qué quieren comer?” es un mero trámite, sobre todo cuando hay niños y una flojera enorme para cocinar. Uno siempre agradece que la respuesta sea “Pizza”.

Pizza sería.

Hacer una llamada al Call Center de una conocida cadena de pizzerías es como jugar al espía. Cuando, en ese CISEN de comida rápida italiana, identifican el número del que se produce la llamada, los analistas de la pizza pueden conocer los datos demográficos de esa casa.

“Está llamando de la calle X, número Y. En nuestra base de datos aparece que la última vez pidió una pizza familiar con una mitad de pepperoni y la otra hawaiana, con doble capa de queso. ¿Quiere lo mismo o le ofrezco otras opciones?”

Como en lo relativo a las pizzas somos reticentes al cambio, pedí lo mismo.

“Son las tres cuarenta y uno. Su pizza debe estar caliente y en su puerta a las cuatro con once o será gratis. Gracias por su llamada”.

En la media hora restante nos lavamos las manos, pusimos la mesa y preparamos lo necesario para disfrutar de nuestra pizza.

Fue en ese momento cuando vi que los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México habían perdido en su estadio ante las Águilas del América. Pero que aún con ese triunfo no les alcanzaba para pasar a la final del torneo local de fútbol.

A las cuatro con diez, le dije a Josué que me acompañara a esperar por la pizza que llegaría en cualquier momento…

Salimos a esperar. Cuatro con veinte. Nada. Treinta minutos después, nada.

“Quizá el de la moto tuvo un accidente”, dijo Regina, preocupada. “Tal vez nuestra pizza yace tirada en el asfalto y nadie la está ayudando”, exclamó Daniel.

Volví a llamar al call center. Pasaron otros quince minutos antes de avisarme que mi pedido sería entregado en menos de diez. Y que se disculpaban por la tardanza.

Todos salimos al escuchar la bocina de la moto del repartidor. Cuando me adelanté para recibir la caja esperada, el hombre se quitó el casco. Pude apreciar que tenía los ojos llorosos.

“¿Todo bien?”, pregunté.

“Estaba haciendo entregas cuándo, por el radio me enteré que eliminaron al América”, contestó. “Me dio tanto coraje que no pude evitar las lágrimas. Como estaba llorando, ya no pude manejar. Por eso me tardé un poquito”.

Detrás de mi, pude escuchar los cuchicheos y las risas de los muchachos. Yo tuve que contenerme para no soltar la carcajada.

“Dame mi pizza, por favor”. Me la entregó. La caja ya no se sentía caliente. “¿Es gratis, verdad?”

“Hágame el paro, jefe. Me la vayan a cobrar a mí”

Hubiera pagado… pero, de pronto, vinieron a mi mente, como una lluvia de águilas caídas, todas las burlas, afrentas, incluso insultos, que los americanistas profieren a diestra y siniestra cuando su equipo gana y cuando su equipo pierde. Fanáticos que no saben perder ni ganar.

Y, en mi opinión, los fanáticos que dejan a un lado su trabajo (y mi pizza) por llorarle a un equipo deportivo en horas laborables, son los peores.

“Ya llamé para decirles que venías retrasado, amigo. Perdón”.

Entramos a comer pizza fría, bañada en lágrimas de americanista… y gratuita.

La moraleja de esta historia, que compartimos en la mesa, es: “Hijos, el fanatismo es lo peor que pueden hacer a su mente, a su país y al mundo. Nunca antepongan al trabajo algo tan vano como un juego. Pero lo realmente importante que tienen que recordar es que si ustedes le van al América, gane o pierda el equipo, ya están retrasados”.

Hoy, agradezco a los fanáticos americanistas por hacer posible esta lección para las generaciones venideras. Esperemos que sea inolvidable.

Ah, y también gracias por la pizza.

Veremos.

 

Categorías: Retórica de lo Trivial | 1 comentario

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