Sólo es un libro…

Por Rogelio Rivera Melo.

Imagina que te abandonan en una isla desierta en la que estarás solo por mucho tiempo. Pero antes de dejarte ahí te han dado una última prerrogativa… Puedes escoger un libro. Solamente uno. ¿Cuál elegirías?

coming soon

Sé, queridos lectores, estimadas lectoras, que más de uno de ustedes estará haciendo una lista mental de libros buscando el mejor para pasar un largo con él. ¿Yo qué libro escogería?

Lo cierto es que elegir un libro – aunque uno no vaya a pasar mucho tiempo en una isla desierta – es una decisión seria.

Cada persona va seleccionando lo que lee por diferentes causas. A veces uno escoge sin método o sin motivo alguno – simplemente dejando que las circunstancias sean las que determinen que es lo que termina en nuestras manos. Hay libros que elegí en un momento de “ceguera” lectora – sin saber que quería, pues –  y que me dejaron tan buen sabor de boca que se convirtieron en “clásicos” dentro de mi biblioteca personal. ¿Quieren ejemplos? “The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy”, “The Fight Club“, “The English Patient“, entre muchos otros. Sí, soy un acaparador de libros.

Pero también hay ocasiones en que nos vemos frente a la elección. La obligada pregunta: “¿Qué leo ahora?” Y debemos tomar una decisión. Para un amante de los libros, la lista de lecturas es siempre mucho más larga que el tiempo disponible para evacuarla. Ya lo dijo Marta Zander… “tantos libros y tan poco tiempo…” Es por eso que, a veces uno se pregunta ¿cómo hago para determinar qué leer en un momento de incertidumbre?

Habrá quienes digan basta con ir a una librería y escoger una portada atractiva. Pero, en lo personal, no soy muy afecto a esa técnica. Es como votar por un político por su bonita cara. O como comprar una caja de avena importada por la fotografía que aparece en el empaque. No. Eso de las portadas superproducidas es un lujo que muchos autores excelentes no se pueden dar. Antes de lograrlo tienen que vender muchos libros con portadas “aburridas”. Y a veces ni siquiera así…

A veces  el azar juega un papel muy importante. Uno se encuentra en el transporte público, con un libro en las manos, y al levantar la vista observa a otro viajero que, a su vez, lee. Si el lector vecino lleva su lectura con interés, si se puede observar cómo se le crispan las manos y frunce el ceño en su lectura, uno busca vislumbrar el título del libro. Valdrá la pena arriesgarse. Eso libros lo encuentran a uno. Llegan y buscan ese resquicio por el que entra el amor a la lectura, lo aprovechan, y se quedan.

Pero  no todo es cuestión de suerte. También hay que jugar al explorador que, cual esforzado Schliemann, sabe que hay que buscar entre toneladas de promesas de papel para hallar las joyas y el esplendor de una sola obra, a veces una sola frase. Y para eso hay que salir de los lugares comunes.  Uno debe llegar a la biblioteca, a la librería, a los puestos callejeros de literatura antigua y hojear uno, diez, cien libros. En la literatura también aplica, como en las historias de serendipia de la realeza, esa máxima oscular batrácica:”Hay que besar muchos sapos para encontrar al príncipe anhelado“. 

Luego están las recomendaciones y los comentarios de los demás lectores. Nunca dejes de escuchar a un lector cuando te recomiende – o despedace – un libro. Te sorprenderás. Buenos o malos. Recuerdo que hace una década, o algo así, las iglesias católica, judía, protestante y hasta los masones, le hicieron una campaña de publicidad masiva a un pobre escritor llamado Dan Brown, al decir que su libro El Código Da Vinci era malísimo. Y – aunque sí lo era – se volvió bestseller mundial. Brown es multimillonario. Y hasta pudo publicar masivamente una obra anterior (“De ángeles y demonios”) solamente en base al éxito de la campaña que le organizaron. Y están las Sombras de Grey. Y está el brasileño Paulo Coehlo. (Lean ¡¿Por qué es tan malo Paulo Coehlo?!!)

Y, alabados sean esos buenos lectores. Esos que sí saben. Gracias a ellas (por eso siempre has de salir con una chica que sí lee) he obtenido el placer de leer a autores que ni siquiera me hubiera pasado por la mente leer: Mary Roach, Ryszard KapuscinskiNorman Mailer, por ejemplo. La recomendación de un lector es siempre bien recibida. Es por eso que trato de ser muy cuidadoso al recomendar un libro. Sé que mis recomendaciones – sobre todo a los lectores principiantes – pueden afianzar su amor por la literatura, o pueden enterrarlo. Recomendar un libro es compartir la alegría que te otorgó en los momentos íntimos que compartiste en sus páginas.

Alguna vez leí que la crítica debe ser un acto de amor. Aunque no me guste un libro, al criticarlo debería (no significa que siempre lo logre) encontrar la enseñanza implícita entre sus hojas. Dicen también, que un buen libro siempre te enseña algo. Algunos te enseñan a no volver a comprar a ese autor. Jamás.

Así que, amables lectores, lectoras, hoy termino este texto con la pregunta con la que lo inicié: Si te abandonaran en una isla desierta y pudieras escoger sólo un libro ¿Qué único libro elegirías? 

Cuéntame. Quiero saber.

Veremos

Post Scriptum:

Una vez, durante un reportaje, un periodista le preguntó al reconocido escritor inglés G. K. Chesterton la pregunta con la que inicia este texto.

Periodista: ¿Qué único libro elegiría si le abandonasen en una isla desierta?
Chesterton: Ah… muy fácil… Escogería “El Manual Práctico para la construcción de barcos” de Thomas.

Y así uno comprende que G. K. sabía de lo que iba el asunto ese de los libros.

Categorías: Día del Libro, Retórica de lo Trivial | Deja un comentario

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