Confusión Médica.

Por Rogelio Rivera Melo.
 
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Confusión Médica. 

Después de una larga noche de trabajo, esperaba mi desayuno en una pequeña fonda. Lo que necesitaba era un café bien cargado para presentar una batalla digna al sueño que me atacaba. “¿En dónde está mi café?”, pensé. “Quizá si cierro los ojos un momento la espera no será tan larga”.

Creo que dormité un par de minutos cuando una voz me despertó. “Está muy cansado”. Al abrir mis ojos me encontré con una pequeña mujer que,  en una charola demasiado grande para ella, traía una taza con el negro elixir anti-morfeíco y mi desayuno. “Seguro se desveló”, dijo. Aunque su frase no era una pregunta sino, más bien, una afirmación, asentí con la cabeza. Creo que también balbuceé algo sobre no haber dormido por mi trabajo.

“Seguramente es usted doctor y le tocó guardia”, me espetó mientras acomodaba mi plato de chilaquiles con huevo (revuelto por favor, no estrellado. No soporto que la yema de huevo, con su amarilla viscosidad, chorree sobre mi comida). Y cuando empezaba a decirle que no era doctor,  me interrumpió diciendo “Fíjese que me duelen mucho los pies. Mire. Aquí”.

Con muy poca agilidad levantó una pierna hasta la altura necesaria  para que yo pudiera ver la planta de sus zapatos deportivos sin tener que agacharme. “¿Qué me recomienda? Porque a medio día ya no soporto la hinchazón y también me empieza a doler aquí”. Señaló su pantorrilla que aún se balanceaba, aérea. “Ya en la noche no aguanto el dolor de cintura”.  Cuando por fin descendió, pude apreciar una de las extremidades inferiores humanas más torcidas que haya visto en mi vida.

“Lo primero que se me ocurre”, le dije, “es que vaya con un ortopedista para que le recomiende un par de zapatos ortop…”

“Nunca he usado zapatos. Desde chiquita siempre uso mis tenis”.

Así, a ojo, calculé que tenía al menos cuatro décadas usando calzado deportivo.

En ese momento recordé todos esos años en que tuve que usar botitas ortopédicas modelo “Frankenstein” y las razones que el doctor me daba para no usar tenis jamás: “Lo peor que uno le puede hacer a sus pies es utilizar tenis todo el tiempo. No le dan un soporte adecuado a la planta del pie”.

Le dije a la mujer esas mismas palabras (grabadas en mi mente por las múltiples repeticiones que me hizo el doctor una y otra vez). “Además, a estas alturas, probablemente tenga el pie plano”.

“Si, doctor. Tan plano como un hot cake”. Me dio risa el comentario – una de esas risas nerviosas que le dan a uno cuando es inevitable imaginar los hot cakes aplanados como pie de mesera.

Intenté decirle, una vez más, que no soy doctor pero me volvió a interrumpir. Era la tercera vez que lo hacía en nuestra conversación. Y realmente agradecí cuando esta vez lo hizo diciendo “Bueno. Lo dejo desayunar. Se le van a enfriar sus chilaquiles”.

Se fue a la cocina caminando de un modo que me recordó a los patos de Chapultepec.

Bebí mi café, devoré mis chilaquiles y con una seña le llamé para que me informara el monto de mi consumo. Me llevó la nota a la mesa y, antes de que pudiera revisar las cantidades, me anunció que esa misma tarde iría al ortopedista. “Le diré que un doctor me recomendó ir para que me pusiera zapatos especiales”.

“Oiga, es que yo no soy…”

Me interrumpió una vez más.

“Ah, y no le cobré el café ni el pan, doctor. En agradecimiento por la consulta”.

“Gracias, señora”.

Y guardé silencio. ¿Para qué arruinar la situación? ¿Quién soy yo para estropearlo todo? Alguna razón metafísica tendrá el universo si conjuró para que una mujer patizamba aliviara su dolor, un ortopedista desconocido cobrara por una consulta y yo recibiera mi café y mi pan gratis.

Me levanté de la mesa sonriendo y pensando lo bonito que es ser médico.

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Mientras tanto… Veremos.

Agosto 2014.

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Categorías: 2014, Comida, Crónica, Historias Verdaderas, México, Medicina, Retórica de lo Trivial, Viajes | Etiquetas: , , , , | 1 comentario

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Un pensamiento en “Confusión Médica.

  1. ¡No es la primera ni será la última vez que te confundan con doctor!

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