De cuando nos secuestraron en el Metro…

LA RETÓRICA DE LO TRIVIAL XLV

Por Rogelio Rivera Melo

Aún cuando lo que leerán a continuación les parezca increíble, si alguno de ustedes viajaba el día de ayer, a eso de las nueve de la noche, en la línea azul del Sistema Colectivo Metro de la Ciudad de México, podrá corroborar lo que aquí escribo.

Es muy probable que ninguna de las cadenas televisoras haga mención del episodio que les narro. Usted sabe, eso de las cortinas de humo, para evitar que las noticias realmente importantes salgan a la luz, está muy de moda.

La verdad no supe quien fue el culpable… quizá Anonymus, al-Qaeda o el ex–presidente innombrable (omnipresente en todos los males que aquejan a mi país), pero ayer, por al menos media hora, un tren del sistema del Metro fue secuestrado. Con todo y pasajeros.

Todo comenzó en la estación “Colegio Militar”, cuando en vez del acostumbrado “Permita el libre cierre de puertas”, por el altavoz del tren se escuchó otra frase… una más siniestra, pero sobre todo, amenazadora: “Ese de los merengues… está prohibido vender comida dentro de los vagones”.

Normalmente, durante esos traslados de unos treinta minutos, acostumbro leer mientras viajo. El día de ayer no era la excepción. Venía disfrutando del excelente reportaje “El librero de Kabul”, de la noruega Sierestard, cuando sonó el ominoso llamado al merenguero. Recuerdo haber pensado “este conductor de tren tiene un exceso de celo profesional”, pero continué con la historia de la familia afgana.

En la siguiente estación, una vez más, a través del sistema de sonido “Ya te vi. Tú, el de los merengues. Ven para acá”. Lo que me hizo levantar la mirada del libro, y buscar entre los pasajeros, al vendedor de merengues. No lo vi. Pero observé que otros pasajeros también notaron la extraña llamada.

“Próxima estación… San Cosme”, la proclama automática. Y luego la del operador “Estimados usuarios, si no me mandan para acá al de los merengues, el tren no avanza”. Francamente, la atención de todos los pasajeros fue de extrañeza. Tuve que detener la lectura de la poesía de las mujeres pashtun (“…te harás ceniza al instante, si fijo mi mirada en ti…”) para pensar “¿cuál es el interés real del chofer en el merenguero? ¿Será que tiene antojo de merengues?”

El tren continuó su marcha de todas formas. En la estación Revolución, un nuevo aviso… “Merenguero, ya te dije que vinieras. Ya le avisé al de seguridad”. Y de pronto, lo vi. El vendedor de los tradicionales dulces, con su tabla enorme, retacada de confites blancos y rosas, salió corriendo de la parte trasera del tren, por el andén, hacia el frente de la estación. La mirada de cientos de ojos lo siguió en su carrera. Algunos ceños, entre ellos el mío, se fruncieron por la situación. “Bueno…”, pensé, “… espero que no lo castiguen y que el conductor del tren satisfaga su antojo”.

Anuncio automático “… el libre cierre de puertas.” Se comienza a mover el tren y cuando va tomando velocidad, se detiene de improviso. La voz del operador por las bocinas “Estimados usuarios, por su seguridad, favor de abrocharse el cinturón de seguridad”. El desconcierto ya fue demasiado. Para ese entonces ya no podía concentrarme en mi libro. Seguramente el que conducía el vehículo venía de muy buen humor. Pero – oh, habitante citadino – me puse suspicaz ante tal despliegue de alegría. Dime tú, lector, lectora ¿quién en su sano juicio puede hacer una broma de tal magnitud a las nueve y diez de la noche de un miércoles? (Sobre todo si se tiene un trabajo tan monótono como el de seguir los rieles del metro, por horas y horas).

Voz sexy de mujer. Grabación. “Próxima estación… Hidalgo”. Voz aguardentosa de hombre. En vivo. “Permita que salgan los de adentro y luego empuje para entrar”.

Bellas Artes… “No corro, no grito, no empujo. Bájele y súbale en orden.”

Allende… “¿Ya se bajó el de los merengues? Se quedó en Hidalgo, ¿no?

Zócalo… “Esos de 132, aquí es su parada. Favor de no hacer desmanes”.

Debo confesar que para ese entonces, mi suspicacia ya se había convertido en una sonrisa.

Robot. “Próxima estación… Pino Suárez… Correspondencia con línea 1”. Hacker (ya tenía claro que alguien estaba interviniendo el sistema de sonido)… “Estación donde nos va a bajar a todos el próximo gobierno”. Las risas ya eran generales. Y las expectativas por ver cuál sería el siguiente anuncio. Obviamente, todo ambientado con la música de fondo. Cumbias, Salsas, Tribal y los “diez géneros de la música moderna”. Bonito regalo, para el niño, para la niña. Diez pesos le vale. Diez pesos le cuestaaa. (¿A poco no lo leyeron con el tonito clásico de vagonero pirata?).

En San Antonio Abad no escuché lo que dijeron. Sonaba junto a mi oreja, a todo volumen, Julión no sé qué, cantando “El Terrenal”.

Y en la próxima estación, Chabacano. Por los altavoces sonó el “Correspondencia con línea 8” oficial, y luego el último aviso jocoso de la noche “¿Algún pasajero que sepa manejar el metro? Yo aquí me bajo”.

Y nos dejaron con la monótona voz oficial de muchacha sexy y los chavos que se azotan sobre vidrios a la mitad del vagón. Y, a mí, con la poesía femenina de las tribus afganas. Pero sobre todo, con una sonrisa enorme en la cara.

En realidad no sé que sucedió (quizá fue un conductor gracioso, o un bromista tecnológico) pero lograr que, a mitad de semana, todos los pasajeros de un tren sonrían por la noche, después de un largo día de estrés y agobio, no es algo fácil. A veces, en una ciudad tan grande como lo es la capital de este país, suceden cosas tan fantásticas que parecen milagros. O ciencia ficción.

Por un buen rato, todos los pasajeros de un tren fuimos secuestrados. Nos aislaron de las preocupaciones y del mal humor. Y lo mejor es que, al final, no pagamos rescate.

Veremos.

Categorías: Reflexiones | 13 comentarios

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13 pensamientos en “De cuando nos secuestraron en el Metro…

  1. Rocío

    ¡Buenísima la crónica!

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  2. jajajajajajaa eres bárbaro!!!! La próxima vez que suba al metro volveré a disfrutar de esta crónica, sin duda para recordar.!!!

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  3. Rosy E. Mellado

    Tu también logras arrancar una sonrisa y si, lei ..»Bonito regalo, para el niño, para la niña. Diez pesos le vale. Diez pesos le cuestaaa» en tono clásico de vagonero pirata, jajaja!! GENIAL!! SALUDOS!

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  4. René V.

    Entre Batman y las películas mexicanas estoy tan paranoico que en lugar de risa me daría miedo esa situación…

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  5. Roxana

    jajajaja muy bueno!!!

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  6. Maru

    jajajajajajajajajajajaja me hiciste reír todo lo q no había reído en el día!!! quien y desde donde pudo haber estado interviniendo en el sonido que sabia perfecto q iba el de los merengues!!!!! jajajajajajajajajaja

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  7. fabiola

    Buenisimo!! jajajajajaja

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  8. Vaya, veo que por allá no se aburren…

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  9. Norma

    Efectivamente tu crónica es buenísima!, pero yo al segundo comentarios bajo inmediatamente de ese tren con miedo de que fuera un loco esquizofrénico, maniático que tenía amarrado al verdadero conductor y amenazándolo con una granada en la mano y sonrisa siniestra!.

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  10. Salvador G

    Esa cronica estuvo genial y rompe la monotonia de un viaje en el metro, pero por otro lado,si el conductor iba drogado???? Ebrio???? Alucinado???? sufriendo transtorno de bipolaridad???? o quiza simplemente era alguien con muy buen humor producto de algun estimulante???? ESo es algo que el mundo nunca sabra, como tantas historias que quedan en el tunel

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  11. Omar

    Julión Álvarez y su éxito «El Terrenal».
    Que chingón que alguién se ponga a hackear al metro.

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  12. Irasema

    Excelente crónica! y saber que alguien se atrevió hacer de un viaje común en algo diferente merece aplausos!!!. Aveces no se necesita de mucho para hacer de esta vida algo mas placentero. Bien por el y por ti que lo has compartido y nos haz hecho también sonreír.

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  13. Jovanna Sardineta

    Que bueno que al final todos llegaron bien a casa, seguramente esa risa se les borraría enseguida de la cara a todos cuando les dijeran y de aquí nadie sale si no pagan tanto de rescate. O_O que miedo!! Sin duda fue tu día de suerte.

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