Archivo diario: 22/05/2012

El recuento de los daños.

La Retórica de lo Trivial XXXI Por Rogelio Rivera Melo

caida_moto

El recuento de los daños.

Hoy escribo estas líneas con un dedo entablillado, el anular de la mano derecha. Así que al teclear la “L” también aprieto la “Ñ” – una cosa creativa. Y frustrante. Pero empecemos por lo primero.

Hace poco toqué el tema de las cicatrices que uno va acumulando a través de los años, del aprendizaje – traumático o no – que uno va adquiriendo en la vida, y de cómo uno va aceptando el dolor que implica crecer, incorporando las enseñanzas y, para mí lo más importante, madurando en la manera en que se va apreciando la vida. Hoy, mi texto tratará de la más reciente experiencia dolorosa que tuve.

El domingo volé. Iba en mi motocicleta y choqué con una camioneta que cambió imprudentemente, de carril. Hice lo que pude para tratar de evitar la colisión, pero creo que no fue suficiente. Volé.

Hay quien tiene miedo a las alturas o quien tiene miedo a la velocidad… Tengo que confesar que, en lo personal, son temores que he superado. El vuelo es genial. Normalmente lo que lastima es el aterrizaje.

Todo mi costado izquierdo está maltrecho. Afortunadamente utilizaba guantes. Así que la mano se libró. El reloj que usaba absorbió la totalidad del impacto sobre la muñeca (es un Timex Shock que me regalé de navidad. Buen reloj, aguantó como los grandes). Mi antebrazo no puede decir lo mismo. Dejé un jirón de piel de unos 10 centímetros sobre el pavimento del Periférico. Dos pedazos más de materia tisular, uno del codo y otro sobre la articulación… En el cinturón traía un llavero metálico que se incrustó en mi cadera. Morado con rojo quedó. Hoy ya está adquiriendo matices verdes, violáceos y rojizos. La rodilla izquierda, sin piel – sólo un raspón superficial-  está inflamada y adolorida. El tobillo se nota un poco abultado y, como dice Rocío cada vez que me golpeo, con su habitual derrame amoratado.

El dedo entablillado, en la mano derecha, se debe a una cortada profunda en la segunda falange. No supe cómo ni con qué. Esa sangró mucho. Cuando me quité el casco y lo vi manchado de sangre busqué rápidamente la fuente. El dedo era.

Siendo sincero, debo reconocer que fue una hermosa caída. Mi instructor de paracaidismo estaría orgulloso de mí. Solo se dañó la piel y la tela. Mis pantalones quedaron como trepadero de mapache…  los guantes como falda de bailarina hawaiana.

El conductor imprudente se dio a la fuga. Varias personas se acercaron a preguntarme si estaba bien. Un muchacho me ayudó a levantar la moto y a orillarla. Vi que todo en ella funcionaba – volaron pedazos de plástico y se estrelló el faro, pero mi máquina como si nada hubiera pasado. Así que la monté y busqué un lugar donde esperar a la grúa. Llamé a mi mamá y a mi novia. Y me puse a leer.

La moto, en la grúa, a casa. Yo al sanatorio.  La enfermera Rosa (“Rosa de mis dolores”) – prometí que la mencionaría en mi escrito – me talló y limpió todos los raspones. Me selló la cortada del dedo. Y aguantó mis malos chistes como una valiente. Gracias, buena mujer.

Así fue. No diré que vi toda mi vida como una película. No fue así. Vi como se acercaba el pavimento a mi cara. Eso si lo vi.  Traté de caer bien. De parame rápido, venían coches detrás. Y lo acepto, me levanté del suelo con toda la intención de ser un mal ciudadano y partirle la cara al ciudadano imbécil que me tiró. Pero no. Creo que reaccioné bien. Los fierros, fierros son. Y yo estaba bien. Eso es lo importante.

Hoy, dos días después… la rodilla me duele. Aún está hinchada. Los raspones me dan comezón. Mi mujer tiene que aguantar que me ría de mis heridas y que sonría cuando lo cuento. Imagino lo difícil que es para ella tener a una pareja que no es normal en sus actividades. Así que se lo agradezco públicamente… Gracias. Por aguantarme, por cuidarme aunque no siempre lo permita. Eres bien importante en mi vida. Ma vie.

También gracias a mi mamá, a mi hermana, a mi cuñado. Por estar ahí.  Agradezco a mis hijos y a su madre. Por preocuparse y por sus oraciones.

Y gracias a todos. A todas. Por estar aquí también. Hoy estamos, mañana ¿quién lo sabe? Así que a vivir la vida como si fuera el último día. Los invito.

Así que en el balance total… ya haciendo un recuento de los daños… salí ganando. Sigo aquí, escribiendo. Me duele como si me hubieran apaleado todo el cuerpo. Pero aquí estoy. Completo y sin heridas graves.

Ah… y como corolario a todo el incidente, hay una buena noticia… Hoy, señoras, señores, lectores, ya no veo la manchita azul. Creo que necesitaba mi dosis de adrenalina para desintoxicarme, sacar el estrés…

Mientras tanto… Veremos.

Categorías: Reflexiones | 9 comentarios

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