Archivo diario: 26/06/2012

UNA DE VAQUEROS, JOVEN.

UNA DE VAQUEROS, JOVEN. Por Rogelio Rivera Melo

mula

La siguiente historia es una historia verdadera. Está relatada según me la contaron. El nombre de los personajes aquí mencionados ha sido modificado para mantener su privacidad y preservar su seguridad. Probablemente también se cambie el lugar de los hechos.

Cuando un oficial recién graduado del Colegio Militar de México es desplegado a su nueva base, el destino es elegido mediante un sorteo. Así que cuando, en el año 2001, el oficial Rodrigo fue enviado a un lejano poblado en la península de Baja California, no pudo más que renegar de su suerte. San Quintín es el puesto militar más alejado, geográficamente de la Ciudad de México. A cinco horas, de la ciudad de Tijuana, donde se encuentra el aeropuerto más cercano (hay una base aérea militar en Ensenada, pero solo maneja vuelos locales).

Así que Rodrigo fue. Hasta allá. En ese lugar apartado de la civilización – San Quintín es un pueblo de carretera que uno recorre, a píe, de orilla a orilla, en 10 minutos – fue donde comenzó su carrera como guardián de la Patria. Allá conoció las técnicas que utilizan los narcotraficantes para trasladar grandes volúmenes de droga en camiones de carga, a identificar y destruir pistas de aterrizaje clandestinas en las alturas de las dos sierras principales de la península, a recorrer las brechas para ganado por donde se pasa menor cantidad de enervante. Allá tuvo sus primeras experiencias con los pistoleros, los puestos de control y los policías corruptos.

Un día de febrero, el subteniente Rodrigo se encontraba en las montañas de la Sierra Juárez. El frío era intenso y apenas era soportable con tres o cuatro cobijas dentro de la bolsa de dormir. Y café caliente. Toda la noche los soldados bebían café caliente mientras hacían su turno de vigilancia. Ese grupo de muchachos se encontraban buscando los sembradíos de mariguana que eran plantados en las alturas serranas o pistas de aterrizaje donde las avionetas procedentes de Sinaloa llegaban a descargar la media tonelada de droga que podían llevar sin problemas a través del Golfo de California.

Casi a las seis de la mañana, se escuchó el zumbido de un motor por sobre ellos. Los que aún estaban dormidos se levantaron rápidamente. El subteniente alcanzó a salir de su casa de campaña para ver la avioneta Cessna que voló exactamente sobre arriba de su campamento improvisado. El piloto al verlos tuvo el descaro de sonreír  y, el hijo de su narcotraficante madre, tuvo a bien saludarlos agitando la mano.

El soldado encargado del radio ya tenía lista la frecuencia del cuartel general. Esto debía reportarse de forma urgente. Se estableció un enlace con el jefe, y fue grande la sorpresa de Rodrigo cuando se enteró que el mismísimo general quería hablar con él.

–   Mire, oficial. Los radares acaban de reportar una aeronave que se dirigía hacia el norte. A la sierra de Juárez. El contacto se perdió a 12 kilómetros al sur de su posición. La orden es que vaya con sus hombres al punto de pérdida de contacto y la busque.

Rodrigo sabía que la aeronave no estaba al sur. Que el piloto, mañosamente, había aprovechado la altura de los cerros para perderse a la señal del radar. Una maniobra arriesgada pero redituable. Le dijo al general lo que sabía y recibió una orden tajante. “Encuéntrela”. “Sí, señor”, respondió.

En el mapa, Rodrigo observó que había dos patrullas como la de él más hacia el norte. Y que en estos momentos, el general les estaría transmitiendo la información. Sabía que la única opción de encontrar la droga era dirigirse a las pistas clandestinas que ya estaban ubicadas, y que quizá no lograría capturar la avioneta. También era muy posible que la carga fuera depositada en camionetas, tan pronto como el avión tocara tierra y que si no se daba prisa no sabría más de ella.

La velocidad era importante así que subieron a sus vehículos todo terreno y se dirigieron a las dos pistas más cercanas. El viento frío soplando, la adrenalina fluyendo, las armas listas.

Pero la suerte no estuvo de su parte ese día. Cuando llegó a la pista de un rancho alejado, la avioneta estaba, ya, siendo vigilada por otro grupo de verdes. El teniente apodado el Tigre le había ganado la partida. En vano la carrera loca entre los caminos de terracería por donde se corre la Baja 1000, la famosas carrera de autos a campo traviesa.

–   “¿Cómo cuántos kilos, comandante?”, preguntó Rodrigo.

–   “No había droga, solo encontramos el avión. Sin piloto. Seguimos buscando la carga. No puede estar muy lejos”.

–   “Le ayudamos a buscarla. Nosotros nos vamos por ese cañón”.  Bajando por la cortadura en el terreno, había un angosto sendero marcado por huellas de animal. El subteniente lo siguió con sus hombres.

 Caminaron deprisa. Pasaron una, dos, tres horas y el sol comenzaba a quemar. De pronto, a lo lejos, vieron seis bestias de carga grandes, cargadas con enormes paquetes rectangulares. Muchos paquetes. Se ordenó un despliegue. Los sargentos se lanzaron, ávidos, como perros tras la presa. Los militares saben cómo hacerlo.

 Los narcotraficantes a veces emplean ese método por ser más seguro – aunque más lento. Saben que para llegar a las pistas de aterrizaje existe solamente uno o dos caminos útiles para los vehículos, y que a veces solamente las grandes camionetas con doble tracción pueden entrar hasta donde llega el avión. Así que utilizan mulas (grandes animales que pueden cargar hasta un cuarto de tonelada) para trasladar la droga por caminos que no son tan visibles y llevarla  hasta puntos de reunión más accesibles a los automotores.

Los arrieros, al ver a los soldados, corrieron hacia el cerro y se escondieron en algún lugar. El subteniente y su gente “capturaron” a las mulas. Fueron trasladadas a la agencia del ministerio público federal más cercana. Una cabalgata de tres días con drogas y animales. “Narcomulas”, diría el parte, a posteriori. Todo un éxito de operación. Se capturaron la avioneta, la droga y las bestias.

Pero al parecer Rodrigo no leyó a los animales sus derechos de forma satisfactoria, porque días después recibió una notificación del comisario ejidal donde se le acusaba formalmente de haber robado seis mulas de un rancho cercano. El término legal es “abigeato”… entre los vaqueros se le llama “cuatrerismo”… Para los demás soldados, Rodrigo se ganó el apodo de “RobaMulas”…

Por si les preocupaba, las mulas fueron devueltas a sus dueños originales.  Habían sido robadas tres días antes de los hechos. A Rodrigo, que ya no es subteniente, por cierto, hoy todavía lo llaman así algunos de sus compañeros. Y a él le gusta el detalle. Porque en el ejército, un nom du guerre se gana en acciones en campaña. Es algo que, como una cicatriz, también se luce.

Rodrigo, espera, con todo su corazón, que México recupere la tranquilidad que le ha quitado el narcotráfico. No es su papel juzgar, sino buscar un país mejor para todos.

Y yo, escritor de sus vivencias, lo apoyo.

Veremos.

Categorías: Apodos, Historias Verdaderas, Soldados | 1 comentario

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