LA RETÓRICA DE LO TRIVIAL VII. Por Rogelio Rivera Melo
La despedida a Ignacio.
Ayer me avisaron que falleció Ignacio. No haré de este escrito una apología o una biografía. Simplemente diré que con él viví tres años, mientras estudiábamos en uno de los ambientes más hostiles de la educación en México. Compartimos situaciones de tensión extrema y los lazos que éstas llegan a generar en niños de 18 años. Fuimos amigos. Muy buenos amigos.
Durante nuestro último año en la universidad, compitió por un cargo de elección. Y ganó. Era un muchacho capaz, inteligente y con el suficiente ánimo de espíritu para dirigir a 120 niños en plena transición a la adultez. Debió convertirse en una figura de autoridad muy temprano en su vida. Teníamos que hacerlo.
Cuando nos graduamos en el año 2000, debimos separarnos. México iniciaba un período de cambio político. Fue una época de incertidumbre para muchos, pero Ignacio siempre tuvo presente que el trabajo que hacía no lo realizaba para quedar bien con alguien, ni siquiera con él mismo, sino para servir a México. Y así fue siempre. No lo volví a ver en muchos años.
Hace unos meses, en Noviembre, lo encontré afuera del edificio donde trabajo. Y me comentó que iba al hospital para recibir terapia. Yo sabía que Ignacio no bebía alcohol y que era un gran deportista, por lo que imaginé que el tratamiento sería por alguna lesión deportiva. Aún mantenía su buen humor y su porte imponente. Un chaparro fortachón, él. Nos despedimos como siempre. Con un abrazo y una promesa de llamarnos y comer algún día.
Por las redes sociales me enteré que tenía cáncer. Que él y su familia pedían a Dios por una cura. Que ingresó al hospital a principios de este año. Que a pesar de las circunstancias seguía siendo un tipo alegre y cariñoso con los suyos. Y ayer, también por las redes, me enteré, que murió por la mañana.
Un hombre que, con orgullo, defendió a México y a los mexicanos. Así, con todas sus letras. Que, en su corta vida – apenas 36 años – hizo cosas que muchos solo sueñan. Que vistió un uniforme desde muy niño. La verdadera camiseta verde. Porque Ignacio fue soldado mexicano hasta el día de su muerte.
¿Qué me dejó Nacho? Aparte de los buenos recuerdos, me siento honrado por haberlo conocido. Y que, incluso en las más oscuras circunstancias, la vida es un regalo que debemos disfrutar. Hay tantas cosas que damos por hecho. Vivimos sin pensar en que nos vamos a ir. Tarde o temprano. Así que seamos felices, con lo que nos toca. Como podamos. Vivamos bien.
Aprendamos a ser felices.
Y tú, amigo… descansa en paz.
Para Luis Ignacio Monreal Escobedo (1976-2012).
“Las tropas de Infantería nunca se van a morir. Solo van a ir al Cielo, a formar un Batallón. Con Dios como comandante y con la Muerte de instructor…”