Acoso sexual: El ruido de fondo

Con pelos y señales. Por Rocío Sánchez.

Las mujeres asimilamos el hostigamiento y el acoso. Aprendemos a aceptarlo como parte de lo que seguramente va a pasar apenas nos mostremos en la calle. Ya no más. 

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La primera vez que me manosearon en el transporte público, yo iba vestida como hombre. No es que tuviera la intención de parecer uno, pero tenía 18 años y me gustaba la moda de los cholos. Vestir así era la forma en la que me insubordinaba ante la figura “femenina” y “decente” de una mujer, además de que estaba segura de que ningún hombre me miraría más de la cuenta –como me había estado sucediendo desde los 12 años de edad– si me enfundaba en esos pantalones anchísimos y esas camisetas enormes.

Era de noche. Regresaba a mi casa desde la universidad. Cargaba mi mochila en la espalda con los tirantes particularmente largos para que me cubrieran las pompas. Es curioso cómo, si reflexionamos un poco, muchas mujeres planeamos atuendos, horarios, rutas y otros tantos detalles de nuestras vidas en función de evitar el acoso callejero. Era de noche, pues, e iba a bajarme del camión cuando sentí que alguien me agarró una nalga. Una mano firme, pero veloz. Para cuando puse los dos pies en el piso y pude voltear, la masa de gente que bajó detrás de mí me impidió saber quién había sido el abusador. Porque sí sabemos, ¿verdad?, que tocar ciertas partes del cuerpo de una mujer sin el consentimiento de ésta es abuso sexual. ¿Lo sabemos?

De entrada, sentí enojo e impotencia. De inmediato, siguió el miedo. Incluso, llegó la vergüenza. ¿Vergüenza de qué?, me reproché. Aquella vez no me dejé avasallar (hubo otras en que sí). Más bien entendí que no se trata de piropos ni de deseo ni de belleza. Entendí que todas las mujeres, desde las niñas hasta las maduras, desde las “feas” hasta las “bonitas” y desde las “gordas” hasta las “flacas” (lo entrecomillo porque lo de poner etiquetas es prerrogativa del acosador, que es quien evalúa) somos susceptibles de ser acosadas sexualmente. ¿Por qué? Porque se puede. Nada más. Porque toda la estructura social lo permite, lo justifica y a veces hasta lo celebra.

En más de una ocasión he sufrido acoso verbal por parte de hombres que llevaban de la mano o cargaban a un niño. ¿Qué puede ser más didáctico que eso? Los niños aprenden desde muy pequeños que opinar sobre la apariencia o el cuerpo de una mujer que camina por la calle es normal –a veces, hasta pareciera que es indispensable– y que no pasa nada si lo hacen. Por desgracia, las niñas asimilamos el vivir con el acoso como ruido de fondo, y aprendemos a aceptarlo como parte de lo que seguramente va a pasar apenas nos mostremos en la calle, sea en minifalda o en túnica. Atención, no digo que los hombres enseñen a los niños ni que las mujeres adoctrinen a las niñas. Somos todos, de un lado y de otro, los que tejemos el fenómeno.

Y cuando el acoso pasa a ser abuso, es decir, cuando de las palabras se llega a la acción, hay múltiples mensajes que ya traemos introyectados desde quién sabe cuándo. A ambos sexos nos dicen que los hombres son seres altamente sexuales que no se pueden controlar. Luego entonces, si pasa frente a ellos un cuerpo que se les antoja, pues lo toman y ya. Impunemente, pues aunque en la Ciudad de México es delito tocar sexualmente a una persona sin su consentimiento, los servidores públicos se encargan de poner todas las trabas posibles para impedir que la agredida levante su denuncia. “Pero si sólo fue una nalgadita”. “¿Le enseñó el pene? Lo bueno es que no la tocó”. “Dele chance; cómo va a ir el señor a la cárcel si tiene familia”.

Todas estas circunstancias nos arrastran a las mujeres a vivir con miedo, en mayor o menor medida. Nos llevan a no querer salir de nuestras casas o, cuando salimos, a intentar confrontar las agresiones rogando a los dioses que no nos respondan con un golpe o con un ultraje peor. Porque sepan, machos, que la calle también es nuestra. La hemos conquistado con trabajo, con talento y con dignidad. No podemos regalarles ese espacio, pero ¡ay, cómo es difícil! Cómo es difícil combatir con educación la violencia sexista, esa que nos hace dejar de ser personas para convertirnos en carne fresca a merced de cualquiera que ese día quiera darse un banquete con nosotras.

Artículo publicado originalmente el 26 de Marzo de 2016 en Revista Cambio

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