Archivo diario: 20/07/2015

Pelea como niña.

Por Rocío Sánchez.

No hay nada más falso que pensar que una mujer es más débil, más lenta y menos inteligente que un hombre. Con las técnicas y las herramientas apropiadas, cualquier mujer puede plantar una pelea digna ante cualquier rival – del género que sea.

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Pelea como niña

Cuando éramos niños, mi hermano y yo peleábamos, como muchos hermanos. Ya fuera mi mamá, mi papá, mis tíos o mis abuelos quienes presenciaran la trifulca, siempre se escuchaba el mismo grito: “¡No le pegues a tu hermana!”. Yo soy la mayor y admito que a veces era muy abusiva con él, quien debido su benevolencia casi nunca me pegaba con toda su fuerza. Pero si había alguien vigilando, mi hermano no tenía permiso de golpearme por una simple y sencilla razón: yo era mujer. Punto.

Mi género me “defendía”. Sin embargo, no creo que mis padres ni mis tíos ni mis abuelos estuvieran conscientes de lo que, detrás de todo esto, se gestaba en mí. La idea de “soy niña, luego entonces, soy débil, frágil y endeble” (por-eso-no-deben-pegarme) no requiere ser mencionada como tal, pues a través de acciones, modelos de comportamiento y mensajes velados se nos va inculcando a la mayoría de las mujeres desde nuestros primeros años de vida (y por el resto de ésta).

Hace poco leí una reflexión sobre la violencia de pareja. En general era bastante acertada, excepto en un punto. Decía que la violencia intrafamiliar es reprobable porque, palabras más, palabras menos, “se ataca a un ser indefenso” (refiriéndose a la mujer). Para empezar, esta violencia es reprobable por miles de razones, pero no por ese argumento. No, no y cien veces no. Las mujeres no somos indefensas; nos hacen creer que lo somos, y por eso cuando recibimos un ataque nos quedamos paralizadas, porque “sabemos” (creemos) que no podemos hacer nada para defendernos.

“¿Y a mí qué me importa esto, si mi novio/esposo/concubino no me golpea?”, puedes estar preguntándote ahora. Pero nos importa a todas (y a todos, pues) porque la agresión no sólo está en la casa, sino también en la calle. Ponle el nombre que quieras: acoso sexual, toqueteo, asalto, secuestro, violación. Claro, todas las personas estamos expuestas a estos delitos, pero la diferencia es que las mujeres asumimos que no podemos hacer nada frente a un tipo que “es más grande y pesado que tú, tiene más fuerza, sabe pelear” y todo aquello que nos dicen las mamás cuando, con las mejores intenciones, nos advierten sobre los riesgos de la vida fuera de casa.

“It’s alive!”

Algo que detesto de mí es mi laaargo tieeempo de reacción. Por ejemplo, algo que me enoja cuando voy por la calle es el acoso verbal, pero muy raras veces logro decir algo que corresponda exactamente con esa irritación (sin poner en juego mi integridad, claro). Y peor aún, las veces que el abuso sexual ha sido físico no he podido siquiera reaccionar a tiempo.

Pero eso está por terminarse. Lo pensé el fin de semana, mientras se desarrollaba una de mis ya numerosas clases de defensa personal. Son medio informales y más bien esporádicas, porque cuando tu instructor es también tu pareja no se puede pasar la vida haciendo solamente eso.
Confieso que al principio me parecía un tanto extraño que un día sí y al otro también me sorprendiera con una llave y me preguntara “¿cómo te zafarías de esto?”. Yo casi nunca sabía la respuesta, pero conforme él me ha ido explicando, el panorama se abre cada vez más para mí.

Este sábado tocó una intensa sesión ya no sólo de defensa, sino de defensa-ataque, que al parecer es lo más eficiente en caso de emergencia. No se trata sólo de cómo evitar un golpe o cómo librarte de un agarre que busca inmovilizarte, sino de qué harás después de que logres esto. Y para mi sorpresa, mis reacciones fueron buenas. Yo, que en algún momento de la sesión cerré los ojos y sentía que tiraba manotazos a diestra y siniestra, estaba logrando detener el 80% de los golpes. Hay que recordar que sólo uno bien puesto puede noquearnos y hacer más difícil la defensa, por lo que solamente tenemos unos segundos para reaccionar. Y yo lo logré, medio en cámara lenta y en nivel principiante, pero lo logré, y no podía haberme sentido más orgullosa.

Mi cuerpo, mis músculos, mis reflejos y mi intuición tienen vida, siempre la han tenido, sólo que no les había dado tiempo de entrar en acción. Sí, es necesario tener una guía y conocer los puntos clave donde se ubican tus fortalezas y tus debilidades (reales), así como las de tu oponente (a.k.a. el agresor), pero el potencial está ahí y una vez que asoma la nariz será muy difícil ignorarlo. Así me siento ahora, encaminada firmemente hacia una expresión de mi fuerza que no conocía.

Y a ti te pregunto, ¿cómo puede un par de brazos que cargan bebé, bolso, pañalera y 6 bolsas del supermercado ser débiles? ¿Cómo podrían esas piernas que te equilibran en zapatos de plataforma de 14 cm no tener la capacidad de romper una rodilla? Si yo puedo, créeme, cualquiera puede, nada más es cuestión de creérsela y de estar dispuesta a practicar hasta que te salga uno que otro moretón, que a final de cuentas servirá para recordarte que eres más fuerte de lo que te han contado.

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