Archivo diario: 21/10/2013

La Caída de Victoria

Todas esas cosas que piensa mamá cuando su bebé se cae (por primera vez).

La Caída de Victoria

Por María Patiño (y Rogelio Rivera Melo).

«Ten cuidado», me decían, «cada vez se ponen más inquietos». Yo la miraba, pensando que me daría cuenta el día que aprendiera a moverse más . «Un día te va a dar un susto». Pero si siempre estoy con ella, ya sería mucha mala suerte que en cinco segundos de distracción le sucediera algo.

Las madres tenemos esa creencia de que nuestra vista tiene  súper poderes; que nada más con verlos podemos sostenerlos en el aire. Pero una madre nunca está lista para ver sufrir a sus hijos. Y menos por algo que estamos seguras «pudimos haber evitado».

Hoy por la mañana, después de desayunar, regresamos a la recámara. Íbamos a ir al doctor. Le divierte verme cepillar mis dientes. Yo miraba. Nunca le quito la vista de encima, ni siquiera cuando me lavo la boca. La miro por el espejo. Desde ahí la observo. Me gusta verla reír, moverse emocionada.

No fueron más de 4 o 5 segundos… me volví, me agaché hacia el lavabo, abrí la llave… y ¡escuché «plop»!

Giré la cabeza en su dirección y ya no estaba sobre la cama. No sé que pasó con el cepillo de dientes (luego lo encontraría del otro lado de la cama). Ella en el suelo, boca abajo. Cuando la levanté pude ver su carita de susto. Llanto de ella. Llanto mío. Y luego, los pensamientos. Todos funestos: ¿si se lastimó la cabeza? ¿Se habrá roto una pierna o un brazo o la naríz?

La cargué pegadita a mí. Quería meterla bajo mi piel, como cuando estaba dentro de mi. La puse sobre mis rodillas mientras continuaba abrazándola fuerte. Dejó de llorar. Respiración profunda, de ella,  y mía. Yo pensando: «sabía que tenía que pasar. Hoy. Mañana. Algún día.»

No recuerdo si lo pienso o lo expreso en voz alta: «¿a quién le digo?» Llega, como un tsunami, un sentimiento de culpa enorme. Si no me hubiera distraído ese par de segundos. Si la hubiera cargado como me lo pedía. Me van a decir «te lo dije». Y los odio por sus «te lo dije». Sé que alguien me dirá «eso pasa, es normal». Y también odio esa frase.

¿Qué hago? ¿Lleno de almohadas el piso de la casa? ¿Compro uno de esos rebozos para colgarla de mi todo el tiempo? Si hubiera… Si tuviera… Si adivinara…

Hoy comprendí tantas cosas de la vida… Entendí que mi hija se va a caer más veces de las que yo quisiera. Se va a lastimar su cuerpo. Su corazón y su alma sufrirán heridas – aunque yo no lo quiera. Algunas veces – las más, espero – estaré ahí para tratar de sujetarla, de detener su caída, de «salvarla». Otras, sólo la podré mirar y consolarla. Trataré de evitar – con todo mi corazón – evitar sus caídas, pero también debo enseñarle a caer.

Recuerdo que así es la vida. Así crecen las personas.

Hoy supe que cada vez que le suceda algo así, sea necesario o accidental, no me quedará más opción que estar con ella – aunque nunca me deje de doler el corazón.

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