La Retórica de lo Trivial XXXII Por Rogelio Rivera Melo
De sucesos inesperados y retornos prometidos.
6 de Junio de 2012. Hoy se desprendió el último pedazo de costra. El dedo de mi mano está curado casi del todo. Los golpes y moretones cedieron y la piel tiene un sano color rosa marranito. Con eso que se corrobora que todo lo malo es temporal. Y yo vuelvo a escribir (la excepción que confirma la regla).
James Dobson escribió “Hay muy pocas a las que podemos aspirar con certeza en nuestra existencia, pero, absolutamente, podemos confiar, que todos experimentaremos dificultades y estrés en algún momento de nuestra vida”.
A veces es necesario que sucedan cosas indeseadas para darse cuenta de la realidad de la situación en la que uno se encuentra. Uno va por la vida pensando que todo está bien – o que todo está jodido – cuando, de pronto, pasa algo que nos hace “abrir los ojos” a la realidad.
Despertar por la mañana. Ir a trabajar. Regresar a casa. Estar con la familia, amigos, conocidos. Comer. Dormir por la noche. La rutina diaria de casi todos… hasta que un día sucede. Pequeñas – o grandes – cosas que cambian el sentido casi “automático” que ponemos en nuestro vivir.
Han pasado 16 días desde mi incidente. Y durante ese tiempo han sucedido cosas. Buenas y malas. Mi amiga regresó de su viaje por Europa. Al papá de mis amigas le dieron una buena noticia en relación a su condición de salud. Un buen amigo de mi pareja tuvo un grave accidente vial – a diferencia del mío- que lo tuvo al borde de la muerte; afortunadamente ya se recupera. Una persona muy especial para mi tuvo que salir de nuestro entorno común por así convenir a sus prioridades. Fue el cumpleaños número 12 de mi hijo mayor, y lo celebramos en familia. Sally no se ha sentido muy bien últimamente, así que debió ser llevada al hospital. Ha habido problemas y discusiones en la familia. En el trabajo, las cosas marchan igual que siempre – juntas, muchas juntas, pero pocos resultados (según la perspectiva de mi jefe). Varios amigos amigo se separaron de su pareja (han sido muchas las rupturas en este último mes). También asistí a un concierto de estudiantes en el Conservatorio. Me ganaron (y dos veces) cuando jugamos Scrabble. Y casi golpeo a un imbécil por no amarrar a su perro.
Como usted verá, lector, lectora, son cosas triviales, si usted quiere. Sucesos de la vida diaria. Pero son esos momentos los que van dando forma a nuestra existencia. Un sentido. Una razón de ser.
Cuando sucede “algo” que cambia nuestra perspectiva -un accidente, una pelea, una mala noticia o una aventura, una bendición, una buena noticia –, hay un crecimiento personal. A veces nos sentimos agobiados por todo eso “malo” que nos pasa (o a nuestros seres queridos), pero si no aprendemos a aceptar las cosas adversas que nos suceden, será muy difícil que apreciemos, en su totalidad, la grandeza de las cosas buenas que vivimos. Y eso, amigos míos, se llama madurez.
No comulgo con esa filosofía de “todo pasa por algo”, pero sé que lo malo que nos ocurre nos va templando el carácter, y nos va haciendo crecer para poder disfrutar de lo bueno que llegue (por mínimo que esto sea). En este punto debo confesar que tengo problemas. Laborales, económicos, familiares (¿quién no los tiene?) pero ellos no impiden que, hoy, sea feliz. A todos ustedes que me leen, gracias por su paciencia, y por estar ahí. Ustedes son una de las razones de mi felicidad.
Ah, y por los que se preguntaban. La moto sigue en casa de mi hermana. Y pronto iré por ella.
Veremos.
