Las mujeres y la esquizofrenia del “no”.

Con pelos y señales. Por Rocío Sánchez.

Todo lo que aprendemos sobre cómo ser femeninas y cómo ser masculinos es susceptible de desaprenderse. Es momento de enseñarnos a todos, niños y niñas, hombres y mujeres, a hablar claro. Aprendamos a decir “No”, pero ante todo, a respetar esa negativa.

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Las mujeres y la esquizofrenia del “no”

Si uno busca en el Diccionario de la Real Academia, la palabra “no” tiene 11 acepciones. Ninguna de ellas hace distinción de género, ni señala que cuando la usan las mujeres signifique “ruégame un poco más”.

Tuve que buscar la definición, me sentía confundida, pues lo que antes era sólo un dicho popular ahora se reproduce en memes por toda la red: “cuando las mujeres dicen no, en realidad quieren decir sí”, “el diccionario del lenguaje femenino se reduce a ‘no es sí’ y ‘sí es no’”, “si me preguntas si tengo algo y te digo que no, entonces estás en problemas”.

Desde hace muchos años me he preguntado, ¿es tan complicado decir “no” cuando así lo sentimos y decir “sí” cuando lo queremos? Hablo de lo que sea, de todos y cada uno de los ámbitos que a las mujeres nos importan. Si quieres hacer, saber, recibir algo, dilo. Si no te gusta cierta actitud, el plan del día, esa amiga que consideras demasiado cariñosa con tu pareja, exprésalo. Di lo que sientes, ¿es tan difícil?

Me he respondido que sí, que es difícil porque a las mujeres nos enseñan a complacer a los otros, a dejar de querer lo que queremos porque quizás al de enfrente no le guste, y a que nuestros deseos son menos importantes que los de ese de enfrente, por lo que debemos minimizarlos o anularlos en pos de que el “equilibrio” se mantenga.

A esto se suma el discurso que escuchamos cada día desde que empezamos a fijarnos en los muchachos: “hazte la difícil, no le digas que sí a la primera”, “date a desear”. O sea que aunque nos muramos de ganas de salir con ese púber del otro salón, cuando nos invite tenemos que decir que no, yendo en contra de nuestros deseos, para que él no piense que somos “unas fáciles”.

Esto puede parecer inofensivo, inocente. Las películas, telenovelas y series nos sacan una tierna sonrisa cuando vemos a la heroína pegándole al galán que la besa a la fuerza, pero cediendo a los pocos segundos y dejándose llevar por el romántico momento.

La trampa es que pareciera que toda esta educación simplemente nos indica lo mucho que valemos y que aquel que quiera conquistarnos (como una tierra inexplorada) debe esforzarse hasta el nivel equivalente. Y resulta que conforme crecemos, en cada interacción con un hombre, tenemos que seguir el juego: seguir negando los sís y afirmando los nos. Nos automatizamos en esa dinámica.

Pero, ¿y si lo digo en serio?

En lo personal, ese juego me aburre, me parece impráctico y creo que genera mucho más problemas que los que logra evitar, además de que es atroz (e innecesario) anular nuestros genuinos deseos. Pero lo que me parece verdaderamente peligroso es cuando ese mecanismo de comunicación (o mejor dicho, incomunicación) se traslada al momento en que de verdad queremos que el “no” signifique “no”. ¿Cómo va a saber el otro que estamos hablando en serio?

Piensa, mujer, cuando vas caminando por la calle y te dicen obscenidades. Si te molestas, seguro te estás haciendo la “estirada”, piensa el acosador. Bien que te gusta, pero no puedes mostrarlo, se repite en su cabecita loca. Aunque tú te mueras del asco. Aunque tiembles de miedo de que pase de las palabras a la acción. Bien que quieres, pero así es el juego, haces como que no, se queda pensando mientras tú te alejas a paso veloz.

¿Y cuando estás besándote con algún ligue y empieza a meter la mano por tu ropa? Tú le dices que pare, pero él sólo recuerda “convéncela”. Le dices que pare pero no te alejas, es guapo, te gusta besarlo pero nada más, aunque no te atreves a empujarlo. “Un poquito más y se relajará; seguro que le está gustando”. Y aquello deja de ser un faje y se convierte en una lucha por proteger tu territorio. Todo porque la negativa tuya nunca ha significado lo que es, sino un reto a ver cuánto él se puede esforzar.

Y cuando vas a un hotel con quien tanto amas, pero ya estando ahí te sientes insegura y decides no tener sexo. Él piensa que sólo estás nerviosa, que si ya aceptaste sólo es cuestión de empujarte un poco más, de abrazarte fuerte o de proceder rápido para que no tengas tiempo de arrepentirte. Como si no estuvieras ya arrepentida. Dices “no”, pero diez minutos antes le dijiste “sí” y eso es lo que cuenta.

Peor aún cuando ya estás en la cama, cuando el sexo te está gustando y él te pide algo que tú no quieres hacer. La negativa no vale cuando ya no tienes ropa, parece ser. Quizás no te pegue, no te amarre ni te maltrate físicamente, pero te presiona, te insiste tanto, te chantajea, te pide “un poquito”, tú cedes (“bueno, podría complacerlo”) y luego resulta que no era tan poquito, que te duele, que te hace sentir mal. Tú misma piensas que no tienes derecho a negarte porque, en efecto, ya estás ahí y él está caliente y no se puede controlar. Así son los hombres, según nos han dicho.

¿De verdad somos así, o así aprendemos a ser? ¿No podríamos evitar toda esta confusión y darle a las palabras el justo significado desde el principio? Es así como algo que parece inocente y parte del “juego del cortejo” se puede volver (se vuelve) en contra de las mujeres.

Todo lo que aprendemos sobre cómo ser femeninas y cómo ser masculinos es susceptible de desaprenderse. Es momento de enseñarnos a todos, niños y niñas, hombres y mujeres, a hablar claro. Parece una obviedad, pero es que no lo hacemos. Es necesario cambiar esa dinámica que sólo contribuye a perpetuar las relaciones desiguales de poder. Y es importante repetir hasta el cansancio que, parafraseando a las feministas españolas: “No es No, aun con los calzones abajo”.

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