De hipopótamos domésticos y otros bichos.

La Retórica de lo Trivial LXXXVI Por Rogelio Rivera Melo

En Colombia, un oficial de la Policía Nacional me contó una historia de esas raras, de esas que mantienen  expectantes a todos los colombianos – y, según pude comprobarlo después, a varios extranjeros. La siguiente es la historia de un selecto grupo de inmigrantes africanos que viven – incluso hoy en día – en Colombia.

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Fotograma de la película Pablo’s hippos (Los hipopótamos de Pablo), del director colombiano Antonio von Hildebrand

El Arca Voladora de Pablo.

En noviembre de 1983, un avión Hércules con matrícula estadounidense aterrizó a media noche en el aeropuerto Olaya Herrera, de Medellín. El ejército colombiano sabía que, en las entrañas de la aeronave, se trasladaba un encargo especial del capo Pablo Escobar y, en consecuencia, se montó una gran operación para decomisar lo que creían era dinero para pagar la cocaína del cártel de Medellin.

Los automóviles deportivos, el armamento forjado en oro macizo, los lujos exóticos, el dinero malgastado, las mujeres exuberantes  y toda clase de excesos, son un factor común para los personajes que ejercen el poder desde la cumbre de sus organizaciones. Es una característica de su personalidad que cubre el perfil, pues. Pero Escobar llevó esas excentricidades a un nivel bíblico. Como Noé, reunió a varios animales en la llamada “Narco Arca”.

Esa noche de otoño, en Medellin, el entonces alcade Álvaro Uribe y las autoridades se sorprendieron al encontrar dentro del Hércules, un par de hipopótamos africanos y  una treintena de animales de especies exóticas (gacelas, canguros, camellos, y elefantes). Escobar había adquirido tal fauna para el zoológico que abriría en la hacienda Nápoles.  Una pareja de hipopótamos africanos y 35 especies exóticas (entre gacelas, canguros, camellos, elefantes y otros) que el capo le había comprado a comerciantes internacionales de animales, a circos y a zoológicos de Estados Unidos. Junto con ellos venían los veterinarios y los manejadores que cuidarían de los animales. Animales y humanos fueron arrestados por el gobierno del presidente Belisario Betancourt.

Del zoológico/cárcel a la hacienda/prisión.

Al ser decomisados, los animales fueron llevados por la policía y el ejército al zoológico Santa Fe de Medellin. Pablo Escobar tuvo uno de sus conocidos ataques de furia cuando se enteró de la captura de sus animales, pero en uno de sus arranques de genialidad, ideó el plan para liberar a los reos no-humanos. Ordenó a sus familiares y amigos que recogieran animales domésticos, entre ellos burros, para realizar un trueque.

Sobornó al vigilante del zoológico (imagino que con la famosa frase “plata o plomo”) para que entregara las llaves y desapareciera. Cuando así lo hizo. Los enviados de Escobar  cambiaron a los presos por animales de granja. Cuenta la leyenda que incluso pintaron a dos burros de blanco y negro, dejándolos como cebras. El nuevo paradero de las bestias fue la hacienda Nápoles y el zoo que Pablo había preparado con jaulas, cercas y una laguna artificial para los hipopótamos.

Chacho, Pepe y sus descendientes.

Chacho fue el hipopótamo macho que llegó esa noche a la Nápoles. La primera pareja resultó ser excelente para procrear. En algún momento hubo más de treinta de estos mamíferos artiodáctilos rondando por Colombia. Pepe fue uno de los descendientes directos de Chacho.

Con el tiempo, el poder de Pablo fue disminuyendo. Se le sometió a una cacería humana de alto impacto, en la que participaron miles de cazadores. Finalmente, en 1993, fue abatido por las autoridades colombianas. El poder de Chacho como macho alfa en los terrenos de la hacienda también decreció. De hecho, murió por las heridas causadas por otro macho que buscaba ocupar su lugar. Pero su descendencia quedó.

La hacienda, ya sin dueño, fue ocupada por las guerrillas paramilitares, por las autoridades gubernamentales y finalmente por el abandono. Los animales fueron raptados (una de las cebras terminó como mascota de la esposa de “El Águila Roja”, jefe de las AUC), cocinados por los lugareños y los guerrilleros, o salvados por el gobierno y trasladados a los diferentes zoológicos de Colombia.

Pero los hipopótamos no pudieron ser reubicados ni adoptados por los centros especializados. Así que los hijos, nietos y bisnietos de Chacho, aún habitan las riberas del río Magdalena, a unos 100 kilómetros al norte de Medellín. Y son considerados, por algunos, como una plaga. En su hábitat natural, en el sur de África, estos mamíferos son la principal causa de mortandad humana por ataque de animales.

En 2009 se volvió a realizar una cacería de alto nivel a causa de Pablo Escobar. Pero esta vez se trataba de ubicar – y “neutralizar” – a “Pepe”, el hijo de Chacho. Este animal, de unas tres toneladas, escapó junto con “Matilda” y “Hip” (su hembra compañera y la cría de ambos, respectivamente)  de los terrenos de la hacienda, lo que ocasionó una búsqueda masiva. El gobierno dio permiso a la Federación Colombiana de Tiro y Caza deportiva para encontrar y matar a Pepe.

La partida de caza se componía de los cazadores de la Federación, un taxidermista, los representantes de tres instituciones ambientales locales y un batallón de tropas del Ejército.  Pepe murió de cuatro balazos con un rifle de alto poder. Las organizaciones de defensa ecológica repudiaron el hecho y el hipopótamo muerto se convirtió en un mártir. A Matilda y a Hip – al igual que al resto de la manada – se les perdonó la vida.

Hoy, los hipopótamos de Pablo siguen vagando por las tierras bajas del río Magdalena Medio. Son expatriados africanos que vivieron el sueño americano debido al exceso y la riqueza del imperio de la droga de Escobar. Y su destino final es – al igual que el de todos nosotros – incierto.

A mi, lector, lectora, me asalta una duda. ¿Dónde carajos se compra un hipopótamo? Ya no digamos una pareja de ellos.

Tendremos que ir a África a averiguarlo.

Veremos.

Categorías: Reflexiones | 1 comentario

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Un pensamiento en “De hipopótamos domésticos y otros bichos.

  1. Omar

    Estoy imaginando la escena del rio Magdalena y no mms, que pinchi miedo.

    Me gusta

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