LA RETÓRICA DE LO TRIVIAL XI. Por Rogelio Rivera Melo
Anoche sucedió un episodio de esos que uno solo ve en las películas o en las series de televisión. Al salir de trabajar, después de ir a comprar algo para cenar, llegando al edificio donde vivo, me preguntaron los vecinos: ¿Te enteraste del robo?
Resulta que “los amantes de lo ajeno” (que fina manera de llamarles a los ladrones) aprovecharon un lapso de una a dos horas en que los habitantes de cinco (sí, ¡¡¡cinco!!!) departamentos no estaban para sustraer objetos de gran valor lúdico y, obviamente, económico. Si el edificio tiene 20 apartamentos, el robo representa una cuarta parte de la capacidad de diversión de los habitantes. Sobre todo, si consideramos que se llevaron pantallas planas, computadoras, discos duros y aparatos de sonido. También hurgaron en busca de documentos, joyas y efectivo. Al parecer sin resultados muy satisfactorios. Ni para ellos, ni para los afectados.
Como podrá usted imaginar, el shock de saberse violado – en el espacio más vital y más íntimo de uno mismo, su casa – es grande. Y sobre todo si los delincuentes tuvieron el tiempo para hacerlo no con uno, sino con cinco departamentos.
Es un misterio el M.O. (así le dicen los investigadores serios al Modus Operandi; aquí en México los policías judiciales le llaman de algo así como “la manera en que se chingaron las cosas”), sobre todo porque NADIE, NADIE, NADIE, vio algo. No hay testigos de cómo bajaron las grandes televisiones, ni cuantos sujetos lo hicieron. NADIE escuchó ruidos – que debieron ser fuertes a juzgar por la manera en que hicieron volar las cerraduras de las cinco puertas; y NADIE se percató de algo extraño.
El hecho generó una reunión improvisada de la totalidad de los inquilinos. Y debo confesar, que de las 18 personas que vivimos ahí – dos departamentos están desocupados (por si alguien quiere ser mi vecino) – solamente conocía a 3. Caso similar para la mayoría. Lo cual es algo comprensible si tomamos en cuenta que somos ciudadanos que trabajan horarios de oficina y que rara vez coincidimos unos con otros. Extraña manera de conocer a todos tus vecinos.
Dicen – y dicen bien – que la adversidad unifica a los intereses de las personas más dispares. Es increíble cómo, de no haber pasado lo que pasó, cada quien seguiría viviendo su vida. En aislamiento total de las personas con las que rodean la casa donde uno habita. Hoy
Ahora ya hay organización. Para que lo malo, lo nefasto, no vuelva a pasar. Incluso, hoy por la mañana, me saludó el tipo al que había visto pasear a su perro todos los días, durante tres meses. Más allá de un “Buen día”, hoy sé que se llama Federico (el tipo, no el perro). Que es comunicólogo y que es el encargado de RH de una empresa.
Y esto me hace lanzar la pregunta: ¿Será necesario que los humanos no emparentados debamos vivir una catástrofe o desgracia para unirnos, y realmente comprometernos con una causa común? ¿O siquiera para conocernos más?
Ayúdeme a contestar. Para saber si ahora puedo confiar en que ALGUIEN, cuando vea algo raro, lo denuncie o, al menos, avise.
¡Ah! Y por si le preocupaba, no. El departamento donde vivo se salvó de las visitas.
Veremos.
