Archivo diario: 28/08/2020

Un día 28 de Agosto…

A diferencia de esos que llegaron al HCM cuando terminó el CAMBI o los Guadalupanos que llegaron en diciembre, yo estuve ahí desde las 8 de la mañana del 28 de agosto.

Llegué antes de las 8 de la mañana del 28 de agosto. Hace más de 20 años.

Mi padre iba conmigo. En el camino platicamos de muchas cosas, triviales pensaba en ese momento. Luego sabría que para un padre nunca es fácil hablar de cosas importantes cuando acompaña a un hijo en los momentos más importantes de su vida.

Me acompañó hasta la llamada Glorieta de Los Aguiluchos, en la autopista México-Cuernavaca. Ahí nos despedimos. Y subí la rampa de acceso que pasa junto a un enorme letrero. “Está entrando al Templo del Honor”.

Antes de llegar a la entrada misma, me encontré entre un gran número de muchachos de mi edad, cargando maletas y bolsas. Nadie lo aceptará, pero todos tenían cara de espanto. Obviamente yo no estaba asustado.

Nada de motivos alegóricos o despedidas con ”La Incondicional” de fondo musical. Más bien muchos soldados gritando órdenes. “Córrale, aspirante”. ”Fórmese aquí”.

Pasando el garitón de la Guardia (en ese momento no sabía que se llamaba así), los policías militares nos formaban en grupos de 30. Y un sargento nos llevó ”marchando” a lo largo de una calzada en declive que, en esos momentos, me pareció de más de tres kilómetros y medio de largo.

Llegamos al estadio de fútbol. Ahí nos fueron formando en líneas y nos asignaron un lugar en las gradas. Eran las 8 de la mañana.

A las 12 del día se lleva a cabo una ceremonia perenne para los militares mexicanos. A través de todos los altavoces del Colegio, sonó la Corneta de Órdenes. Todos deben levantarse respetuosamente, adoptar la posición de firmes mirando al Edificio de Gobierno y permanecer así durante el tiempo que duran las notas solemnes del homenaje a los Niños Héroes de Chapultepec. Ese fue mi primer Toque de Silencio.

A la una seguían llegando muchachos y los asientos del estadio se seguía llenando. Nadie hablaba. Nadie sabía de qué se trata. Hasta que dejaron de arribar.

Luego vino la selección. Por estatura. Todos fuimos desfilando en una sola línea para determinar en qué Compañía ibas a quedar.

Los más altos – El Bebesaurio y La Piola fueron bautizados en ese momento – serían de la Primera Compañía. Los más bajitos de la 13a. A mi me tocó la Décima Compañía, los “Caras de Guerra”. En mi estancia en el HCM siempre fui de la 10a.

A los nuevos de la 10, nos recibió el Teniente Pineda. Nos llevaron – corriendo, en el HCM todo siempre es ”Al paso veloz” – a nuestro alojamiento para que dejáramos nuestras cosas.

Entrar a los alojamientos, a las compañías y ver por primera vez el Edificio de Gobierno del Heroico Colegio Militar es un impacto. Una arquitectura extraña, pero bella a su manera. Yo nunca había estado ahí y , aún ahora, me parece la estructura más imponente en la que haya vivido.

Dejamos nuestras maletas en el piso superior de la 10a. Compañía y pasamos al comedor, al paso veloz.

El comedor del Colegio Militar es un lugar majestuoso e imponente. No importa si es la primera o la última vez que lo miras. Todas esas enormes mesas para diez personas. Y todas esas reglas no escritas que uno va aprendiendo con el correr de los días.

La cantidad de comida era increíble. Una fuente de sopa, una de arroz, dos paquetes de tortillas, una ración de frijoles, una ración de carne, dos jarras enormes de agua de sabor y postre. “Una exageración incluso para diez personas” pensé en ese momento. Fue la primera y la última vez que no comí todo lo que me servían.

“Levantarse. Ya”. Salimos. Los gritos de los encargados de las Compañías que tenían que formar a los recién llegados. “¡Quinta Compañía!”, “¡Segunda. Por aquí la Segunda!” Y la dificultad para discernir el llamado de la más importante de todas, al menos para mi “¡Décima Compañía!”

El resto de la tarde estuvimos en el aula de nuestro nuevo hogar haciendo mil trámites administrativos, llenando formatos y poniendo huellas digitales en mil documentos. Mi primera batalla en la Guerra de Papel.

Ya en la noche, el teniente Pineda nos presentó al Capitán Leonel, de Canatlán, Durango.

En su discurso de bienvenida, mi Capitán me dió dos de los mejores consejos que me han dado en la vida: “Cuídense ustedes, que nadie los va a cuidar” y “En la vida, lo difícil no es empezar, sino terminar. Siempre terminen lo que empiecen”. Aún los sigo aplicando.

En el Heroico Colegio Militar, como en todos los campos militares mexicanos, todas las noches a las ocho en punto, se apagan las luces de los dormitorios para que el personal se dedique al descanso reparador.

Esa vez, mi primera noche en el ejército, la primera en mi Alma Mater, las luces se apagaron a la hora indicada.

A las nueve, los otros oficiales de la Compañía llegaron con fardos de ropa. De ahí nos dieron un uniforme a cada uno. Las insignias, sectores y gafetes venían por separado.

“Mañana, a la hora de la primera lista, tienen que ir perfectamente uniformados”.

Bienvenidos al Heroico Colegio Militar. “Y nadie está aquí a fuerza, si ésto no les gusta, allá afuera hay todo un mundo para ustedes”.

Hoy, más de dos décadas después, si me preguntan la razón por la que entré a ese lugar increíble en el que se forja el carácter de los hombres de guerra , no sé qué contestar. Pero fue la mejor decisión que tomé en mi vida.

Gracias a esa decisión, hice cosas que jamás imaginé, conocí amigos y enemigos que valen la pena, visité lugares increíbles. Y sobre todo, tuve la oportunidad de trabajar en el mejor trabajo que podría encontrar.

Y todo, por una simple razón :

“Por el Honor de México”.

Categorías: Retórica de lo Trivial | 1 comentario

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