Archivo mensual: agosto 2012

La Retórica de lo Trivial XLIX

Dormir hasta tarde…

El único día que tengo para dormir hasta tarde es el domingo. Ustedes saben, lectoras, lectores, que vivir en una metrópoli como la Ciudad de México implica una cantidad ingente de tiempo invertido para llegar – ni siquiera a tiempo – a algún lugar.

El lunes suena la alarma a las 0450. Afeitarse, darse un baño, comer un yogurt y salir con rumbo a la oficina. Martes, miércoles, jueves y viernes. Misma rutina matinal. El sábado puedo descansar unos treinta minutos más. Pero los domingos normalmente puedo abandonar la cama hasta que, en verdad, “me duele el lomo”.

Este fin de semana no fue el caso. Aunque no tuve que levantarme tan temprano, tuve que dejar la rutina – y la cama – para desayunar e ir al concierto que ofreció la Orquesta Sinfónica de Minería en la sala Nezahualcóyotl, del Centro Cultural Universitario. Fue el último recital abierto al público de la temporada – todavía hay un concierto más, pero será una función de gala (a las que hay que asistir de pipa y guante). Así que desayunamos, más temprano que de costumbre, y nos lanzamos hasta Ciudad Universitaria – tuvimos que dar un pequeño rodeo, por que en el estadio de la U.N.A.M. jugaban los Pumas contra el Cruz Azul.

Llegamos a ese hermoso recinto. La Ciudad Universitaria de la Nacional Autónoma de México es, sencillamente, imponente. En el vestíbulo de la sala de conciertos Nezahualcóyotl, nos estaban esperando. Nos registramos y recibimos nuestros boletos. También hay unas canastitas con dulces de anís. Los cuales tienen una función IMPORTANTÍSIMA. Despejar la garganta de los asistentes,  PARA NO TOSER.

El programa del día. Para la primera parte del recital, “La Sinfonía de Antígona», de uno de los principales representantes del nacionalismo musical mexicano, Carlos Chávez. Aprovechando los minutos en que el Primer Violín dirige la afinación de la Orquesta, mi hermosa acompañante me contó sobre la vida de ese compositor, en la cual se basa – libremente – la obra literaria “Arráncame la vida”, de Ángeles Mastretta. Igualmente, en la primera mitad se interpretaron «Tout un Monde Lointain» (Todo un mundo distante) y el «Concierto para violonchelo y orquesta», del postimpresionista francés Henri Dutilleux.

Y fue también durante la interpretación de la obra del galo que sucedió un suceso de lo más molesto que he tenido que aguantar en mi vida. A dos filas detrás de nosotros, un par de “conocedores del arte”. Uno de ellos dormitaba. Y lo hacía roncando – ni siquiera al compás de la música. Y su compañero no hacía nada. Llegó el intermedio. Y el dormilón no despertaba. Ni siquiera la gran ovación que la totalidad de la sala le ofreció a Gerhardt, violonchelista invitado.

Y dejé que mi mente divagara un poco… en tiempos de mi bisabuelo, si alguien cometía una falta al honor durante un concierto – en realidad, durante cualquier evento público – un oficial del ejército o cualquier caballero le hubiera propinado al “pelagatos” un bofetón con el tradicional guante de piel negro. Y luego, el duelo. A primera sangre.

En verdad me encontraba indignado por la falta de respeto para los artistas en el escenario y para el público en las butacas. Pero uno se contiene. Aunque en resonaban en mis oídos las palabras que me decía mi madre “para un niño maleducado cualquiera es su padre”…  El significado a esto era que cualquiera tenía la autoridad para llamarnos la atención a mi hermana y a mí si incurríamos en una falta de educación.

El acompañante del jovencito perezoso lo invitó a retirarse en cuanto abrieron las puertas para el intermedio. Y salieron. Para regresar a la sala – obviamente, buscaron sentarse en otro lugar (imagino que no querían importunar a las mismas personas con los ronquidos) antes que terminara el descanso. Y eso, lectores amables, me dio mucho coraje. Que se transformó en no sé qué cuando no permitieron que los ancianos que ocupaban los lugares originalmente volvieran a ellos. En mi pueblo dicen “les valió madre” que los señores y señoras mayores no tuvieran donde sentarse. Y eso, calienta. Fui a buscar a un encargado de la seguridad en la puerta de la sala. Y, desgraciadamente, las personas encargadas eran más o menos, de la edad de los afectados.

Normalmente soy una persona tranquila. Y si estás leyendo esto, mamá, no me contradigas. Pero hice de tripas corazón, y bajé por los muchachitos, encomendándome a todos los santos. Ellos eran dos. Y yo solamente uno. Afortunadamente, una de las muchachas encargadas de conducir a los espectadores a sus asientos se dio cuenta de la situación y me ayudó a controlar al menos borracho de los dos. Salieron de la sala justo antes que comenzara la segunda parte del concierto.

Creo que uno tenía ganas de invitarme a salir, ya que me preguntó, gritando, “¿A qué hora sales?” Perdí la oportunidad de compartir con tan simpáticos individuos por que aún faltaba la mejor parte del evento. Dedicada en su totalidad a Maurice Ravel, comenzó con el “Assez vif” (bastante animado) de la suite para piano «Alborada del gracioso». Luego vino «Rapsodia espagnole» (Preludio, Malagueña, Habanera y Feria).

Pero la tarde, se iluminó totalmente – así como se fueron llenando todos los espacios vacíos en la Orquesta – cuando sonaron los primeros –  y permanentes durante toda la obra – golpes a las percusiones de “Bólero”. Una verdadera delicia visual, sonora y artística. Carlos Miguel Prieto, el director, se veía extasiado ante las tenues coyunturas instrumentales, que van adquiriendo fuerza hasta la ejecución de la orquesta completa. El público parecía suspendido de las notas. El final con su estruendo espectacular.

La última obra interpretada esta temporada. El público se entregó al director y a la orquesta. Prieto cree obligatorio, después de siete salidas, por la ovación de píe, a invitar a los músicos a ejecutar la zarzuela de “La Boda de Luis Alfonso”. Y luego más aplausos. Más emociones. Despedida de los músicos con flores y abrazos.

Lector, lectora, Los invito a que asistan a la Sala Nezahualcoyotl, a las diversas actividades culturales que ahí se ofrecen. Pero, por favor, si tiene usted planeado dormir hasta tarde el domingo. Mejor vaya a la iglesia. Ahí no lo echarán. Creo.

Veremos.

 

Categorías: Reflexiones, Retórica de lo Trivial | 2 comentarios

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